Evocando a Francisco Toledo

(proceso.com.mx).-

A un año de la partida de Francisco Toledo en Oaxaca (Juchitán, 1940), tres destacados colegas suyos lo rememoraron: su “entrañable” amigo Sergio Hernández con unas frases, su discípulo Sabino Guisu con una pieza lumínica y el pintor Luis Zárate con un escrito inédito.

Abordados por Proceso, los creadores aceptaron dar un testimonio. Desde su casa de la capital oaxaqueña, el pintor Sergio Hernández (Santa María Xochistiapilco, 1957) echó de menos las luchas “batallas campales” a las que lo invitó Toledo para enfrentar “las ocurrencias” de diversos gobernadores.

Relató que el día que el maestro murió “me aislé”, y extraña las conversaciones con este hombre “entrañable, prudente, muy sabio, compañero de viaje”. Y espera que cuando termine la pandemia se reabran las instituciones que fundó, y sus proyectos seguirán gracias a su hija Sara.

“Sus amigos lo recordaremos siempre, lo que hay que hacer es siempre recordarlo”, dijo.

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Guisu (juchiteco también, de 1986), quien comenzó su carrera realizando dibujos con humo sobre papel, contó que hace un año, el día de la muerte de Toledo, ocurrió en su tierra natal un terremoto y al mismo tiempo se conmemoró un aniversario más de una batalla histórica donde los zapotecos derrotaron en el siglo XIX a los franceses.

Decidió entonces crear una escultura con su técnica de luz, simbolizando un rayo divino que desciende para llevar la sabiduría a la población, como hizo Toledo con Oaxaca.

“Fueron los mexicas quienes impusieron el nombre de zapotecos (del náhuatl zapote), pero el nombre original era binnizaa´ (“gente de la nubes”). Cosijo era el dios del panteón zapoteco, como el Tláloc, de la lluvia. Entonces la pieza que hice en memoria del maestro Toledo es una reinterpretación mía, una escultura de luz, como un rayo de vidrio con luz neón, que atraviesa el cielo y recae en la urna funeraria de Cosijo.

“Es la luz en la mente del dios Cosijo (en el cerro del jaguar, donde se fundó Monte Albán, cayó el primer rayo), dedicada al maestro, como reencarnación, pues el maestro trajo la luz para no estar esclavizados, no sólo en su obra plástica, sino social, contra el sistema que nos tiene dominados.

“Por esa luz la sociedad oaxaqueña está un poco mejor más preparada, adora su lengua, su cultura y tradición. La filosofía de la luz trasmitida a la sociedad, debe mantenerse viva”.

Por su parte Zárate (Santa Catarina Cuanana, 1951), envió a Proceso un texto escrito en 2018 que permanece inédito, titulado “Francisco Toledo, el instante infinito”:

Lenta y suave fluye la música, como escurrimiento de arroyo cristalino.
Su respiración se va pausando con los sonidos que apenas tocan la punta del cuerno de venado.

A cada pausa sus ojos brillan con la intensidad de la obsidiana, estrellas novas que titilan con las notas del caparazón de tortuga, y vuelan los pájaros entre rayos.

Sapo está exhausto y abandona los cuernos del astado con lágrimas en sus ojos, que son agua del mismo manantial.

Humedece su piel como si le zapatearan chapulines.

El niño coloca sus llaves sobre la mesita de madera. Se ha dado el tiempo de abrir interminables puertas y ha escrito en las paredes encaladas textos con dibujos en barbotinas de colores.

Ha amasado el barro y lo ha envuelto en petate, lo ha quemado y apagado.

Aparecen nuevas especies de seres vivos, ampliando el mundo.
Enseguida los ata con hilos pintados con savia de hojas, pacientemente maceradas: teje un textil interminable.

Después baila, se rasca la cabeza y golpea las cortezas de zompantle, chichicaste y ceiba. Las extiende amasándolas con el vibrato de la cola del lagarto y les sopla polvo de maíz y chile mulato.

Así distraídamente deposita hojas en la tierra suelta. El mismo viento las ojea y vemos códices de oro y plata. Se leen nuestras vidas simples, vidas de agua, vidas de arco iris, de historias tristes, de aullidos de perros y zarpazos de jaguar.

Y cuando vuelve la brisa del mar con aroma de peces y cangrejos, su pelo se mece y vuelan cuarenta mariposas de alas azul añil.

El tiempo se detiene un segundo del instante infinito como un niño al que acaricia la intemperie.

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