«La insurrecta»

 

“La insurrecta”,

De Guillermo Barba

ROBERTO PONCE

“La insurrecta”, de Guillermo Barba.

(proceso.com.mx).–

Autor de “La conspiradora”, Guillermo Barba Behrens (1951-2020) realizó estudios multidisciplinarios en diseño industrial, comunicación, filosofía y letras, y trabajó en publicidad hasta 2002.

A partir de entonces se dedicó a la dirección cinematográfica y a la escritura, publicando aquel año su novela “Juana sin sueño”, además de los guiones para sus películas “Amar no es querer” (2011) y “Casi una gran estafa” (2019).

Si en el thriller político “La conspiradora” (Planeta, 2019) retrató al personaje histórico de la Güera Rodríguez, otra mujer de la vida real le inspiró “La insurrecta”: Manuela Taboada, quien fuera la esposa de Mariano Abasolo y una de las figuras más valientes de su época. Leemos en esta edición de Planeta Mexicana y sello Martínez Roca (MR), con 355 páginas:

“Una vez más, Guillermo Barba nos ofrece una estupenda novela de intrigas donde se funden la historia y el suspenso para narrar un pasaje, tan perdido como fascinante, de la historia de México: la conspiración para asesinar a Miguel Hidalgo.” (www.planetadelibros.com.mx)

Este es un fragmento del capítulo segundo, tomado de la primera parte de tres que contiene “La insurrecta”.

Noche arremolinada
El cura Hidalgo ya estaba al tanto de algunos rumores que mencionaban una conspiración, en la cual se hallaban implicados varios militares. No quiso darlos por válidos ya que día a día corría ese tipo de chismes; los tiempos eran convulsos y la gente creía descubrir insurrecciones hasta por debajo de las piedras. No obstante, dos días antes había enviado un mensaje a Ignacio Allende para que acudiera a Dolores, con la intención de repasar entre ellos los planes establecidos, discutir sobre la posibilidad de adelantar el levantamiento y consensuar un plan alternativo.

Allende había arribado al pueblo la tarde del viernes 14 de septiembre y, como era costumbre, se alojó en la casa del cura. Tras cenar unas enchiladas potosinas, la especialidad de las hermanas del cura, ambos se recluyeron en el gabinete, donde el sacerdote realizaba sus labores administrativas, para charlar mientras tomaban chocolate con leche y bizcochos.

–Deben de ser habladurías sin sustento –dijo Hidalgo mientras endulzaba su chocolate con terrones de piloncillo–; ya son tres rumores que escucho en tan solo dos semanas, y de seguro este será tan falso como los anteriores. Es más, las personas que lo propagan no mencionan con certeza nombre alguno.

–Es posible, don Miguel, pero es de sabios entender que ‘cuando el río suena, es que agua lleva’ –opinó Ignacio, alisándose las pobladas patullas–; el día menos pensado será una delación real, por lo cual debemos precaver cualquier eventualidad, quiera Dios que no suceda. (…)

Utilizando su astucia que le había merecido el apodo de el Zorro, Hidalgo fue a jugar cartas la noche del sábado, como siempre, a casa de don Nicolás Fernández del Rincón, subdelegado de Dolores, quien no merecía sus afectos: si bien había nacido en América, profesaba ideas contrarias a la independencia. No pretendía pasar un rato de diversión; deseaba averiguar si los rumores habían alcanzado a otras personas del pueblo.

En una mesa ubicada en el sencillo comedor, decorado con policromados platos de cerámica elaborados en los talleres del cura, jugaban tresillo, juego de naipes que tanto gustaba a los europeos. La partida no le favorecía porque, más preocupado en obtener información, desatendía el juego. En la mesa se hallaba también doña Teresa, la rubicunda esposa de don Nicolás, muy dada a la espontánea carcajada; don Ignacio Díez Cortina, gachupín recolector de diezmo, y doña Encarnación, su silenciosa, enjuta y abnegada mujer.

–Las noticias llegadas de España no son halagüeñas –dijo don Miguel, marcando un estudioso gesto de aflicción.

–Ni me lo recuerde, padre, los sucesos son alarmantes –agregó al instante don Ignacio con perfecta pronunciación de eses y ces, a la usanza de los nacidos en España–. Hoy hemos de olvidar pesares y preocupaciones; jugad sin temores, os lo suplico.

–Don Ignacio –comenzó Hidalgo con una sonrisa maliciosa–, ¿cómo no preocuparnos?; el pueblo considera a las autoridades de Nueva España capaces de entregar el reino de los franceses, enemigos de nuestra santa religión, como ya sucedió en España.

–¡Eso jamás sucederá en nuestras tierras! –protestó don Nicolás levantando el dedo índice para acentuar su pronunciamiento–. Los nacidos en América somos fieles a Fernando VII… ¡Las tropas de Napoleón jamás pisarán Nueva España!

–Podría meter la mano al fuego por ustedes, hijos míos –dijo el cura sacando su cajilla de rapé y llevando un poco del polvo de tabaco a su nariz–, pero no ciertamente por las autoridades de la Ciudad de México. En Madrid los principales colaboradores de su majestad se han rendido ante Pepe Botella. ¿Quién asegura que acá no harán lo mismo? Por ello a diario se escuchan rumores de levantamientos.

–¡Paparruchas que lo digo yo! –manoteó el gachupín don Ignacio–. En lo personal no he oído rumor alguno; esas son comidillas de gente vulgar, chusma sin oficio ni beneficio.

Doña Encarnación colocó sobre la mesa el rey de bastos, carta que le daba el triunfo en la partida, y sin ocultar un tremendo placer agregó entre resoplidos y carcajadas:

–Mientras vosotros os perdéis en política, yo gano una y otra vez. Poned atención, el triunfo sencillo no causa placer.

La criada de la casa, una mestiza de cuerpo rechoncho y baja estatura, peinada con dos largas trenzas, apareció tras la puerta.

–Perdonen sus mercedes, un mozo busca al cura Hidalgo.

Un mal presentimiento invadió al cura. Mantuvo la calma y disculpándose con los anfitriones, se puso de pie para dirigirse al zaguán donde le esperaba Mateo, embozado en un sarape, ya que una persistente llovizna caís sobre el pueblo y sus cercanías.

–Padre, el capitán Allende pregunta si debe esperarlo despierto.

–Regresa y dile que cene y me espere –ordenó, aliviado al constatar que no había malas noticias.

Retornó a la mesa sonriente y tranquilo.

–Un recado de mu hermana Vicenta –aclaró al sentarse campechanamente en la mesa–. Preguntaba que si debía prepararme algo para cenar cuando regrese.

–¡Santo cielo! –exclamó doña Teresa–. Como si en esta casa no atendiéramos a nuestros invitados. Ande, don Miguel, coma otro bizcocho; yo misma los he horneado.

Hidalgo ganó dos partidas y perdió las demás. Finalmente decidió retirarse, pero antes solicitó al colector de diezmos doscientos pesos prestados, para sufragar obras urgentes de la parroquia –mintió; deseaba saber dónde guardaba el dinero recaudado, por si fuera necesario–. El otro no tuvo empacho en dárselos, así que ambos pasaron por un instante a su habitación, donde ocultaba las monedas en un cofre con candado de por medio.

Al recibir las monedas, don Miguel las abrazó sobre su pecho; sabía que necesitarían de todo el dinero disponible para encaminar sus planes. De solo pensarlo, un eléctrico escalofrío recorrió su nuca. (…)

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