La experiencia de la pobreza

 

Antonio Gamoneda y la experiencia de la pobreza

– José Ángel Leyva* –

La Jornada Semanal

Antonio Gamoneda.

‘La pobreza’, de Antonio Gamoneda (Oviedo, 1931), Premio Miguel de Cervantes 2006, de reciente aparición en pleno confinamiento global, a sus casi noventa años, es uno de sus temas esenciales:

“Lo que me ha definido en mi vida y en mi quehacer poético es La Pobreza. No es lo mismo hablar de la pobreza desde el bienestar, que desde la experiencia misma de la pobreza.”

Hay novelas que emplean el recurso biográfico, como La muerte de Virgilio o Memorias de Adriano, por citar dos notables ejemplos que se desenvuelven en el borde de la vida. Abundan las autobiografías memorables en las que se aprende mucho, Un largo comino hacia la libertad, de Nelson Mandela, o Mi último suspiro, de Luis Buñuel, ejemplos ambos que dejan huella en la memoria. Pero son pocas en realidad las autobiografías que siembran la imaginación con tantos objetos de la realidad como Un armario lleno de sombra, y ahora La pobreza, ambos volúmenes de Antonio Gamoneda.
Un armario… abrió el misterio de una conversación con el poeta español nacido en Oviedo y radicado desde los tres años en León. Fue una mañana de diciembre de 2010, que se prolongó hasta la comida y prácticamente hasta la cena, acompañados por la sonrisa bondadosa de María Ángeles Lanza, su esposa, y la cámara fotográfica de Pascual Borzelli. Hoy, diez años después, hundidos en una de las crisis mundiales de consecuencias desconocidas, entre la rebeldía de las masas y la vuelta del fascismo, con el flagelo del miedo y la enfermedad, esa larga charla se aviva en La pobreza.

“Esta reclusión sanitaria trae consigo la soledad, la tristeza, el apartamiento, pero también anuncia más pobreza”, decía Gamoneda en una larga y reciente charla telefónica. Habían pasado ya más de cuatro meses desde que iniciara la cuarentena y las personas mayores no salían ni al supermercado; ahora, aunque más relajado el confinamiento, optan por el encierro. A principios de septiembre arribaron a casa los dos volúmenes de Esta luz (poesía reunida); Gamoneda los había enviado desde finales de febrero. Ya había pocas esperanzas de recuperarlos o de recuperar la esperanza, pero llegó Esta luz. El poeta cumplirá el 30 de mayo del año próximo, su noventa aniversario. Su voz es menos clara y menos fuerte, pero no su pensamiento, que expresa con lucidez y de manera precisa reflexiones e ideas sobre la poesía y el lenguaje, sobre la vida y la historia. Lamenta que el envío a México de La pobreza, el segundo volumen de su autobiografía, no será posible. Pero nos queda el recurso del libro electrónico antes de sopesar sus cuatrocientas páginas y ver con emoción en las primeras la dedicatoria del autor, con su caligrafía del alma.

“Ya no hay tiempo para escribir de uno de los temas que ocupan mi pensamiento: la pobreza”, me decía Gamoneda en México, camino a la fil de Guadalajara, cuando hablaba de la poesía como conciencia de la muerte y como realidad. Miguel de Cervantes, Miguel Hernández, César Vallejo, venían como ejemplos de la creación en la experiencia de la pobreza y él, Gamoneda, narra en Un armario lleno de sombra su comprensión infantil de la carencia, de la orfandad, de las ausencias, pero también de la voluntad materna para alimentarlo y sobrevivir a la brutalidad y la violencia de un régimen sanguinario y atroz. Amelia Lobón, su madre, recogía las cáscaras de huevo para machacarlas con agua y aportarle el calcio indispensable al hijo que aprendía las primeras letras en Otra más alta vida, el libro de poemas que había publicado su padre antes de morir y el único libro
en casa. El pequeño Antonio adquiría la lectura en la manera irregular del habla, con una forma y una musicalidad distinta a la prosa. Tal vez por eso afirma con vehemencia que la poesía es la sustancia musical del pensamiento.

“Yo pasé por lo que hay que llamar miseria –aclara Gamoneda cuando pregunto si su experiencia fue más allá de la pobreza, que podría aún representar cierto orgullo–, pero no más ni peor que la mayor parte de los españoles: hubo ocasiones en que mi madre no tuvo dinero para pagar el racionamiento, y si me compró unos zapatos fue a plazos; pasamos hambre, etcétera. Como casi todos. Luego, a mediados de los años cuarenta, su esfuerzo trabajando en labores de costura y en todo lo que podía imaginar (dormía cuatro o cinco horas) logró rebajar la miseria a pobreza. Después, en el ’47 o en el ’48, yo pasé de recadero a auxiliar; seguíamos pobres, pero menos. Ahora ya no se me ocurre quejarme, pero tampoco olvido que los de siempre siguen despojándonos. ¿Orgullo en la pobreza? Es dudoso; es un asunto muy individual. En el mejor caso, el orgullo se convierte (y así debe de ser) en lucha.”

Si Un armario lleno de sombra conmueve y enriquece, porque es el descubrimiento de un espacio de la memoria y los secretos, del reconocimiento de la vergüenza, del sacrificio por amor al otro, La pobreza conduce directamente no a la confesión o a la catarsis, a la visión de lo oculto, sino a la revelación. A lo largo de las primeras cien páginas el autor expone sus dudas, sus ideas sobre los géneros literarios, sobre la función de la poesía en el lenguaje, sobre la realidad y la literatura. ¿Es el poeta un escritor de oficio, por qué escribir sobre la vida de uno mismo, cómo, para qué? En esas cien páginas vierte en buena medida sus reflexiones sobre la poesía expuestas en El cuerpo de los símbolos y en Fonación, palabra y escritura, pensamiento poético. Una vez resuelto el tema de los géneros literarios con la fuerza del escepticismo, de reiterar que la poesía no es literatura sino realidad, anuncia que este libro será una memoria sin sentido cronológico, sin propósito restringido, será una escritura viajera en el tiempo, del ahora al día anterior, del pasado remoto a la etapa central que pretendía relatar, de 1945, cuando ingresa como recadero a un banco, hasta 1960, cuando contrae matrimonio con María Ángeles. Pero en el relato aparecen sus hijas y su nieta, lo mismo que amigos recientes, sus preocupaciones y ocupaciones de 2019, cuando concluye el libro. Esta obra sucede como un sueño; las experiencias oníricas se presentan de manera simultánea y fragmentaria, pero en
el deseo de compartirlas o atraparlas se acomodan en un relato con diversas temporalidades. Allí donde Gamoneda resuelve dejarse llevar por la escritura, sentencia: “El lenguaje de la poesía ‘insurgente’ será –ha de ser– veraz.”

El libro salió en los primeros meses de 2020, pero vino la pandemia y obligó a Gamoneda a permanecer encerrado, como a millones de ciudadanos en el mundo. Durante su confinamiento pudimos charlar algunas ocasiones. Me contaba que el título se impuso cuando dejó de pensar literariamente y se echó la vista sobre sí mismo y su alrededor. “Lo que me ha definido en mi vida y en mi quehacer poético es La Pobreza. No es lo mismo hablar de la pobreza desde el bienestar, que desde la experiencia misma de la pobreza. Soy de una generación de coetáneos míos que ha sido conocida como la Generación del Cincuenta. La mayoría era gente de acomodada para arriba, como Gil de Biedma. No es lo mismo hablar de la pobreza desde la solidaridad que hacerlo desde dentro. César Vallejo era un pobre, un poeta que creó un lenguaje con los harapos de las lenguas para hablarnos de su pobreza.”

Los años que se narran son, en general, los del establecimiento de la pobreza injusta, no los de la pobreza a consecuencia de acontecimientos sociales o naturales, sino del establecimiento de la dictadura; la pobreza del plato vacío, pero sobre todo la gran pobreza existencial que impone la consolidación de una riqueza injusta y predadora. Para el autor, este esfuerzo biográfico responde a la convicción de que el poeta sólo lo es desde la realidad misma con que forja sus versos, como le sucedía a Vallejo o a Juan de Yépez (Juan de la Cruz). Así, es esta una escritura real que se pregunta si comenzar desde el fracaso, en sintonía con una escritura de harapos y vestigios de lenguas y recuerdos, de enfermedades y de olvido. No se trata entonces de contar desde el anecdotario, sino de manera particular desde lo que ha enterrado la memoria.

Desfilan sus amigos y compañeros de búsquedas y esperanzas, de activismo antifranquista y de aspiraciones artísticas, literarias, poéticas. Son camaradas que fueron quedando en el camino de la depresión, uno de los males que aqueja a Gamoneda desde la adolescencia. “Mi depresión creaba ignorancia, un vacío que era ocupado por el sufrimiento.” Jorge Pedrero, Leicea, José (Pipo) Vega Merino, Salvador de Pablos, Crémer, Pereira, Manuel Llamazares, en ellos la locura, el suicidio fueron legitimando la derrota. En contraste, figuran personajes como Leopoldo Panero, quien se hizo muy amigo de César Vallejo y luego de una estancia en la cárcel por su filocomunismo, se convirtió en devoto del fascismo, o Mario Vargas Llosa, quien abandonó la sala de un auditorio tras escuchar hablar a Gamoneda de la pobreza y otros males sociales.

“No me interesaba un libro o una escritura que encubriera la vergüenza, la realidad, la memoria –afirma Gamoneda–. Aspiraba a un libro que se convierta en un hecho real para mí y para algunos lectores, para algunos de los protagonistas de esa historia. No son necesarias la valentía y el coraje para actualizar el pasado, para ser congruente con los hechos vergonzosos de quienes vivimos en medio de carencias y orfandades, pero sobre todo de quienes no vivieron la pobreza e incluso la acentuaron. Las cobardías, por ejemplo, de quienes fuimos pobres y padecimos sus efectos. Pero cuidado, ¿cómo se le puede exigir a un hombre que está siendo torturado que se mantenga entero, que resista, que se sobreponga a un sufrimiento inhumano, más allá de los límites de la resistencia al dolor, a la conciencia? ¿Cómo puede hablarse de valor o de cobardía de quienes son las víctimas y no los victimarios?

“Hay una conciencia de que los hechos vergonzosos no se pueden enmendar, no se pueden corregir o eliminar, se pueden, quizás, ocultar, pero estarán siempre como parte de una historia, de una biografía. Fui un marxista, no lo soy más, pero tampoco lo fui en un sentido político, de acción política. Estoy de acuerdo con el abuelo Carlos Marx: la vergüenza es un sentimiento revolucionario, y me acojo a esa vergüenza revolucionaria cuando escribo La pobreza.”

Gamoneda retoma la mirada del chico de catorce años que entra a laborar a un banco, a quien se le encomienda encender las calderas a las cinco de la mañana, en jornadas sin límite y bajo la mirada imperturbable e insolidaria de quienes ven natural la explotación, agradecidos de tener un amo. Es una biografía y un relato informativo de esa realidad social de España, de la franquista, pero lo es también de la España actual, mientras escribe y anota que las motivaciones y las causas de la guerra y la postguerra permanecen vigentes: “Gobiernan concertadas en una que, acríticamente, se entiende democracia. Extraña y aclamada reinvención de una paradoja institucionalizada: la democracia (política) habitada por la dictadura (económica). El cambio fue únicamente en las formas, ya que la pobreza y el poder del capitalismo siguen igual, ningún comunista integral, ningún comunista en conciencia, sea o no político, piensa que la democracia es un valor cierto y que el fraude histórico está resuelto.”.

 

*Escritor, responsable de Publicaciones de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.

Esta entrada fue publicada en Mundo.

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