El hombre es social por necesidad y egoísta por instinto

La salud: el hombre y la naturaleza, simbiosis perfecta

José Alonso Novelo Baeza*

Mucho se ha hablado y se habla de nuestros orígenes, esencia, carga genética que el inglés William Shakespeare sin saber resumió en to be or not to be.

Nacemos con una carga genética única para cada individuo y dispar para la colectividad, la inmensa mayoría de la humanidad gozamos de nuestro vigor híbrido no presente en las llamadas razas que están a punto de desaparecer de manera materialy descalificarse socialmente por ser el origen del racismo y consecuente clasismo, lacras de la historia del hombre y origen y producto de innumerables y vergonzosas calamidades en las interrelaciones humanas.

El hombre es un animal social por su necesidad de conservación física, pero es individualista por instinto, esto produce un conflicto de convivencia, una de tantas guerras civiles que llevamos dentro y que nos producen desequilibrios personales y sus consecuencias sociales, y nunca resolvemos del todo, en nuestro paso por nuestra materia a la que le llamamos vida. Mantenemos esta lucha interna entre el ego, el superego y el id, entre el deber y el querer, entre nuestro pobre consciente contra nuestro poderoso subconsciente el cual, como en piloto automático, controla y domina la mayor parte de nuestras acciones; tendemos a ser o sentirnos diferentes, ni siquiera logramos ser gremiales, aunque por necesidad lo pretendamos, y concluimos que somos más grupales sin compromiso común utilizando y no sirviendo al grupo al cual decidimos pertenecer para sólo obtener beneficios personales más que objetivos comunes.

Pudiera parecer este análisis o percepción del hombre catastrófico, negativo, pesimista o sin visos de buena esperanza, pero estamos obligados a entender que el análisis es un proceso de razonamiento que obliga a eliminar emociones para que, en la medida de lo posible, podamos llegar a una conclusión o juicio racional.

En pocas frases, el hombre en la mayoría de las veces, es víctima de lo complicado de su origen y de ese microcosmos genético no explorado, que marca el porqué y rumbo de nuestros particulares instintos, entendiendo éste como ese impulso natural irracional que nos provoca un sentimiento o decisión que nos lleva a una acción o inacción.

Siendo así como somos impredecibles, individualistas, instintivos, tuvimos que crear con el paso de la historia reglas para la buena convivencia, como han sido aquel antiguo Código de Hammurabi, los 10 Mandamientos, constituciones y leyes que rigen el actuar de individuos y comunidades y el más reciente intento de buena convivencia dictado después de la llamada Segunda Guerra Mundial, que fue la Carta Universal de los Derechos Humanos que, en tan sólo 30 artículos, pretendió en esos momentos y exigencias de una posguerra salvaguardar los derechos del hombre, pero falta, y hay que decirlo, el complemento de ese documento, podría decirse que el contrapeso del mismo, otro documento que sería la Carta Universal de las Obligaciones Humanas, para cerrar el círculo de la felicidad personal y el bienestar común.

Es sano para nosotros y la comunidad hacer constantemente momentos de reflexión para aplicarnos en procurar hacer realidad la norma universal de la medicina primum non nocere (primero no dañar). Hay que ser feliz sin causar infelicidades al prójimo, porque sí es verdad que haciendo el bien a quienes nos rodean viviremos incluidos en ellos.

Termino, por ahora, recordando que para lograr hacer un buen trabajo es fundamental, es indispensable amar al objeto de nuestro trabajo. Por lo tanto, no puede ser buen médico aquel que no ama al ser humano y a la naturaleza que es nuestro nido y nuestra pareja simbiótica.

* Titular de la Comisión Federal para la Proteccióncontra Riesgos Sanitarios (Cofepris)

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