Las excavadoras destruyen «la Atenas africana»

Las excavadoras destruyen «la Atenas africana»
AFP
Escultura romana de las tres hijas de Zeus: Eufrosina, Aglaea y Thalía, que datan del reinado del emperador Adriano (117-138 aC), obra que se exhibe en el Museo Cirene, nombre de la antigua ciudad helena inscrita como patrimonio de la humanidad por la Unesco.

Shahat.

Las espectaculares ruinas de la ciudad antigua de Cirene han sobrevivido a la sangrienta revuelta libia, a los conflictos y al caos, pero hoy están amenazadas por la construcción anárquica y las excavadoras de los habitantes que invaden “la Atenas africana”.

Bajo el dulce Sol primaveral, un puñado de visitantes aprovecha la vuelta a la calma relativa para descubrir o redescubrir este lugar espléndido, situado en una colina mecida por los vientos del Mediterráneo.

Aquí no hay fila de espera ni hordas de turistas. Los raros visitantes libios tienen todo el tiempo del mundo para deambular por el santuario de Apolo, el anfiteatro o el templo de Zeus, más grande que el Partenón en la Acrópolis.

En el corazón de la inmensa ciudad griega, el pequeño museo sobre la llanura fértil expone bustos de divinidades funerarias “aprosope” (sin rostro) y grandes desnudos de mármol.

Cada objeto de arte “ofrece una mirada sobre las diferentes civilizaciones que se han sucedido” en la necrópolis, relata orgulloso Ismail Dakhil, responsable en el Departamento de Museos en el este de Libia.

La antigua ciudad helena del litoral oriental libio fue fundada en el siglo VII antes de nuestra era.

“Romanizada, fue una gran capital hasta el terremoto de 365”, según la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco, por sus siglas en inglés), que la registró en 1992 como patrimonio de la humanidad.

“Un milenio de historia está inscrito en sus ruinas”.

Urbanización galopante
Cirene está situada a unos 180 kilómetros al este de Bengasi, cuna de la revuelta que llevó a la caída del régimen de Muamar Gadafi en 2011.

El país se sumió en el caos, suscitando enorme preocupación sobre el futuro de su patrimonio antiguo. En 2016, la Unesco incluyó a la ciudad de Cirene y a otros cuatro sitios arqueológicos libios del patrimonio mundial en la lista de sitios en peligro.

A la guerra se sumaba la amenaza de los grupos yihadistas implantados en Derna, a unos 60 kilómetros de la necrópolis, antes de que fueran expulsados.

Los conflictos armados y los combatientes islamistas finalmente no afectaron los tesoros del patrimonio antiguo libio. Y, si la “Atenas africana” ha visto su parte protegida preservada, no es el caso fuera del perímetro, en la localidad de Shahat, a orillas de Cirene.

Los saqueos que alimentan el tráfico ilícito de obras de arte y la urbanización son los culpables. A golpe de excavadora, construcciones cúbicas sin encanto se erigen en parcelas que “contienen antigüedades que los habitantes se dividen para revender”, alerta Adel Abou Fejra, responsable en el Departamento de Antigüedades de Cirene.

Algunos pobladores de esta ciudad de menos de 50 mil habitantes “tomaron por la fuerza terrenos que habían sido expropiados por el Estado, los dividieron en parcelas y los revendieron para construir”, explica.

El sitio es considerado un “obstáculo” ante las necesidades imperiosas de vivienda, mientras se ignora completamente el plan local de urbanismo, que nunca ha sido actualizado desde 1986.

¿Cuál es el alcance de los daños? “No podemos evaluarlo”, apunta, los daños se han perpetrado “en la parte del sitio fuera de nuestro control”.

Ismail Dakhil tampoco esconde su impotencia: Cirene es víctima de “saqueos”, “de actos de vandalismo”, de “excavaciones salvajes” que tienen como consecuencia que se “extraigan y se envíen fuera de las fronteras obras de arte”. Sin olvidar la urbanización “anárquica que invade” la ciudad antigua.

Pero a muchos habitantes no les preocupa, como a Saad Mahmoud, que defiende su “libertad de explotar su propiedad privada”, vecina al sitio.

“Si hay un problema, que el Estado encuentre soluciones y nos indemnice con los precios altos” del terreno, sugiere.

Libia posee un arsenal jurídico para proteger su patrimonio antiguo, enmarcar las excavaciones arqueológicas y sancionar a los infractores.

Pero las leyes parecen ser poco disuasivas con “multas insignificantes y penas de cárcel muy cortas”, que van de tres meses a un año máximo, señala Dakhil.

Tras una década de caos e inestabilidad, un nuevo gobierno unificado acaba de entrar en funciones para cerrar el capítulo de las divisiones. Un logro político que podría permitir ver la luz al final del túnel.

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