El verbo clave de un historiador: comprender: Luis González y González

Las mentiras de Hernán Cortés
Pedro Salmerón Sanginés
Releyendo hace unos días un hermoso texto en que Jan de Vos nos explica cómo escribió su monumental historia de la Selva Lacandona, recordé las primeras lecciones de viejos maestros que nos transmitían nuestros profesores la primera semana de la licenciatura y la repetían de distintas maneras durante ocho semestres. Y sin embargo, digamos con De Vos que lamentablemente “son pocos los historiadores que siguen a la letra las cuatro operaciones fundamentales… que responden a las siguientes preguntas: 1) ¿quién es el autor de la fuente y dónde, cómo y cuándo la escribió?; 2) ¿pudo y quiso transmitir información verdadera?; 3) ¿cómo entender bien lo que dice?; 4) ¿su testimonio concuerda, completa o contradice otros testimonios?” ( La memoria interrogada [scielo.org.mx]).

Nunca me cansaré de insistir: la crítica y la confrontación de fuentes son la clave del oficio de historiar (como diría Luis González y González), para lo cual son fundamentales el estudio del contexto y el verbo clave de un historiador: comprender. Sirva esto para invitar a leer el libro póstumo de Luis Fernando Granados, que ya está en todas las librerías: Relación de 1520. Hernán Cortés, porque se trata justamente de un muy fino y acabado ejemplo de cómo se hace la crítica de fuentes.

El libro empieza provocando: casi todos nos acercamos, o nos hemos acercado a “esa singular coyuntura histórica que seguimos teniendo la mala costumbre de llamar conquista de México” a través de las Cartas de Hernán Cortés junto con, quizá, la famosa antología de textos indígenas preparada por Miguel León-Portilla, el espectacular relato de Bernal Díaz del Castillo y un puñado de otras fuentes, que están en la base de la mayoría de los relatos –casi nunca análisis– de aquel hecho. Y es que creemos, creímos que el relato de Cortés es el primer testimonio y por ello el más fresco y original. Durante siglos, los historiadores y los no historiadores han, hemos repetido o glosado lo que dice Cortés… y lo que dicen los que siguieron su narración, con variantes en detalles, en profusión, en enfoques, pero no en la línea general de los acontecimientos, como Díaz del Castillo. Es quizá por esta repetición, confirmación de los hechos narrados por Cortés en tantas fuentes subsiguientes (incluida la muy mal llamada Visión de los vencidos), que seguimos creyendo que el de Cortés es el testimonio más fresco y original.

Pero, ¿nos hemos preguntado seriamente qué son las Cartas de Cortés? Eso es justamente lo que hizo Granados con la Segunda carta o Relación de 1520, fechada en Segura de la Frontera después de haber sido expulsado violentamente de la cuenca de México, “y cuando no tenía modo de saber que antes de un año estaría entre los vencedores de la guerra entre la coalición de altepeme orientales, encabezada por Tlaxcala, Cholula y Huexotzingo, y la alianza occidental… encabezada por Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan”. Tal carta, pues, no cuenta el final de la historia, de hecho, no es una historia, sino un “ informe coyuntural, sin duda interesado y tramposo, político en la mejor y peor acepción del término, pero nada más que un informe, que puede emplearse para hacer una historia, pero que de ninguna manera puede considerarse como una historia”.

Granados explica con claridad la diferencia entre un informe y una historia, le da una repasada a otra de las fuentes más repetidas (López de Gómara, “quien parece haberse servido de su condición de capellán de Cortés para presentar como historia los recuerdos que plagió y las fabulaciones que elaboró desde la comodidad de su escritorio”), y nos recuerda el gran problema que nos ha aquejado durante siglos: creer, caer en la tentación de leerla como un retrato fidedigno del pasado. Porque muchos seguimos creyendo que el documento original, el relato de época, son fidedignos. Que la única manera de conocer el pasado estriba en lo que fue capturado en un documento.

Pero es que este documento es una justificación y propaganda, en que su autor se presenta, con grandilocuencia, como el protagonista de la historia. Un autor que calla cosas clave que se encuentran en otras dos fuentes” (como la campaña de Tlaxcala, Cholula y Huejotzingo contra los altepeme tributarios de la Triple alianza en los valles de Tecamachalco y Atlizco, en la segunda mitad de 1520); y que miente sin recato en momentos significativos, como el indudable invento de la sumisión de Moctezuma a Cortés el 8 de noviembre de 1519 (y lean en el texto de Granados por qué es absurdo y por qué lo inventó Cortés… y por qué se ha repetido tanto tiempo).

Cortés miente a propósito para justificarse y defenderse; y miente aparentemente sin intención cuando analiza al otro con sus anteojeras culturales. Asómense a la brillante manera en que lo muestra Granados, así como a la comprensión de por qué mentía Cortés… asómense también a la relación de 1520 de Hernán Cortés, completa, adaptada al español que hablamos hoy, con un espléndido sumario, índices y glosarios que nos orientan y nos ayudan en la lectura de ese sorprendente y maravilloso informe, que tanto y tan mal ha influido en la comprensión de nuestra historia.

 

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