Pintar y escribir: el costo de huir de uno mismo

Pintar y escribir: el costo de huir de uno mismo / Entrevista con Guillermo Arreola

– Roberto Bernal

El pintor y escritor Guillermo Arreola (Tijuana, 1969) ha realizado más de veinte exposiciones individuales. Es autor, entre otros títulos, del libro ‘La venganza de los pájaros’ (Fondo de Cultura Económica, 2006). Esta conversación gira en torno a la exposición ‘La reina no es’, presentada recientemente en la Celda Contemporánea del Claustro de Sor Juana.

———-

¿Cómo comenzó a pintar?

–Comencé a pintar después de una crisis de vida espantosa, tras identificar la trampa que significa la presunta normalidad. De repente mi visión sobre la existencia se amplificó abruptamente. Esta crisis que menciono tuvo implicaciones físicas y mentales: pasé por una explosión psicótica y por una serie de enfermedades bastante verificables fisiológicamente. Entonces comencé a pintar desde los escombros, por así decirlo.

¿Cuál es esa normalidad?

–Vivimos tanto en la simulación, que sería perturbador si descubriéramos la crudeza de la realidad. Es como cuando vemos a alguien e identificamos que está muy vivo. Decir muy vivo es decir atento, que se sabe parte de un todo y, por lo tanto, logra brillar en todo su esplendor. Quizá no logramos comprender que todo a nuestro alrededor está viviendo. Por eso la tendencia a huir hacia la superficie. Por otra parte, olvidamos que no se puede huir de uno mismo con impunidad.

¿Cuál sería el costo de huir de uno mismo?

–En el mercado del arte y las apariencias, el costo puede ser el éxito; en la órbita de lo personal, la locura como un acto de estupidez suprema.

Bram van Velde dijo que la pintura es el espacio convertido en vida y que aquel que no ha tenido la experiencia de la miseria no puede comprender nada.

–Quizá Bram van Velde quiso decir que la pintura era su vida. En cuanto a que la pintura es el espacio convertido en vida, lo es: algo desde lo invisible se apronta sobre la nada, y la fugacidad se eterniza en la materia aparentemente organizada por el pintor. Las pinturas son frutos arrancados a la nada, al aire, al espacio. La pintura se nutre bastante desde la experiencia de la miseria. Siempre he creído que el arte proviene en gran medida de lo pobre. Recuerdo etapas de verdadera carencia, sobre todo cuando era muy joven. De algún modo esas experiencias me templaron. Quien no conoce la miseria y el hambre no puede comprender ese nivel de dolor en los demás, ni la lucha por subsistir. Y, por supuesto, no comprenderá las expresiones artísticas que surgen de esas condiciones. Alguien que lo ha tenido todo padece una especie de ceguera, acompañada de una sensibilidad muy pulcra (la pulcritud como truco), con la que cree entender o cree situarse en el campo energético de la miseria, del dolor, que también son fuente de revelación.

Hay quienes han hecho de los estímulos y las becas una forma de vida. Sin embargo, con resultados bastante pobres.

–Desconozco por completo los mecanismos reales en la obtención de becas para la creación artística. Que las becas se han convertido en un modus vivendi para muchos creadores, es cierto. O estoy desinformado o vivo en la ignorancia, pero no sé cuál es el arte o la literatura de relevancia que se ha producido con esas becas. Con becas o sin becas, creo que cualquier artista debería proseguir en sus búsquedas y en la obtención de resultados.

En sus pinturas hay rasgaduras y rugosidades. La suya parece una relación de confrontación con la pintura.

–La pintura también es el espejo de las emociones y sensaciones que la percepción del mundo suscita en el pintor; ahí también están su dolor, sus contradicciones, sus odios. Y, como espejo, no dejará al arbitrio de cierto politburó de lo correcto todo aquello que revele las rebeliones del artista ante el patrón de una presunta e impuesta normalidad. En este sentido, la pintura le exigirá al artista confrontar estas emociones, y él deberá responder con toda la violencia que sea capaz de asistirlo en su expresión. En ocasiones, pintar deviene en una gran liberación, desde la cual el artista finalmente podrá destruir, golpear, matar o dar rienda suelta a la parte más primitiva de su instinto; claro, todo en la demarcación de las superficies y los materiales. Esas rasgaduras y rugosidades que percibes en mis pinturas, seguramente son el cúmulo de mi propia capacidad delincuencial, rastros de condición humana ineludibles que encontraron su realización y, al mismo tiempo, su freno en ese campo de batalla que significa la elaboración de una imagen o una pintura.

¿Usted se interesó por la pintura rupestre?

–Sí, me interesó y me sigue interesando. La cueva me parece el espacio idóneo para la representación pictórica desde lo más enraizado en el ser. Sólo conozco las pinturas rupestres de Mulegé, en Baja California Sur. Como en la mayoría de este tipo, son representaciones de caza, muerte para la vida. Cuando las visité, me guió un hombre del pueblo, un señor sencillo, que me concedió una revelación. Me señaló una de las pinturas y dijo: “Mire, el arte. El arte es el encuentro entre la mente humana y lo animal. Su lucha o su matrimonio.”.

 

Esta entrada fue publicada en Mundo.