La sonrisa de Meche Carreño

Cinexcusas

Luis Tovar

 

Meche:

Estoy convencido de que esta carta debe parecerse a las incontables que de seguro recibió durante toda su carrera profesional, escritas por un público tan abundante como rendido ante usted: intensamente personales, francamente admirativas e, inclusive, posiblemente confesionales. Así será esta, desde luego.

La primera noticia que tuve de usted no provenía del cine sino del Interviú, esa revista de los años setenta nacida en España, que tuvo su correspondiente edición en México y que, a su manera, replicaba el esquema editorial de Playboy: numerosas fotografías de desnudos femeninos, acompañadas por un contenido con pretensiones, a veces logradas, de seriedad y relevancia. En el caso de Interviú México, una de las secciones llevaba un título muy sugerente: “Las mexicanas sin sostén”, que por supuesto se refería a la prescindencia del brassiere, como suele llamársele en nuestro país a esa prenda íntima. Considerando que a usted la celebridad le llegó aparejada con el mote aquel de “la chica del monokini”, desde entonces di por hecho que los editores del Interviú sacaron de ahí el nombre de la sección.

Si la memoria no me falla ni me engaña, fue ahí donde a usted la vi por vez primera y no sólo eso; también la escuché al leerla, digámoslo así, pues la sección consistía de un set fotográfico y una entrevista en la que se abordaba su carrera de modelo y actriz, en aquellos tiempos en plena cúspide, y aquí debo hacerle la primera confesión personal: yo no debía tener siquiera diez años de edad y no se me permitía el acceso a una publicación subida de tono, como se les llamaba en aquellos tiempos que hoy –con un sentimiento extraño
que combina nostalgia, sorna y ternura– consideramos pacatos y moralinos sin apercibirnos de, en más de un sentido, estos tiempos lo son más o de peor manera, en virtud de eso que, entre otros nombres, recibe el de “corrección política”.

El caso es que yo sabía dónde guardaba mi padre sus revistas y me daba vuelo; así conocí, también antes que en la pantalla, entre otras a Leticia Perdigón y Maritza Olivares, de quienes con seguridad usted siempre guardó recuerdos gratos: la primera fue su compañera en La otra virginidad y la segunda lo fue en La vida cambia, dos de sus mejores películas, de modo que cuando finalmente me tocó verlas yo tenía la sensación de ya saber quién era usted. Desde luego era muchísimo lo que me faltaba, y aquí le haré otra confesión gozosa: a partir de entonces me apliqué lo mejor que pude y, si no fueron todas, sí vi la mayoría de sus películas.

Como a todo mundo, se me quedó grabada para siempre su impactante imagen desnuda en La Choca; empero, si de impactos se trata, le confieso que para mí es más memorable La sangre enemiga, pero gracias a la trama, tan cruda y dura, y a su soberbio trabajo como cirquera pobrísima; es decir, no por los desnudos ni las situaciones eróticas que antes y después de aquel año –era 1971 y usted había debutado en cine dos años antes con Damiana y los hombres– la convirtieron en “símbolo sexual” (por cierto, una definición que en la actualidad es tan mal vista como podría serlo, a causa de esa neomoralina de la que le hablaba antes, gran parte no sólo de su filmografía sino de su trabajo previo como modelo, todo lo cual me parece un muy desagradable contrasentido sobre todo hoy, que propios y extraños piensan y hablan de usted con una admiración que algo tiene de hipocresía).

Algo similar me sucede con La inocente, y explicándoselo me acerco al final de estas líneas irremediablemente insuficientes para manifestarle mi pleitesía y agradecimiento: su manera de ocupar entera la pantalla, ese modo tan suyo de combinar de modo indisoluble la candidez y el erotismo, generan un vago desasosiego que, felizmente, se trastoca en admiración artística y, a mi parecer, se resume por completo en el rasgo físico más hermoso de los muchos en los que usted abundó: su sonrisa.

 

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