‘Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto’

Un rosario de huesos: la poesía de Jorge Humberto Chávez

José María Espinasa

‘Un rosario de huesos’, de Jorge Humberto Chávez (Ciudad Juárez, 1959) es un esfuerzo notable por nombrar desde la poesía la violencia que vivimos en México, especialmente en el contexto de la frontera norte. Este artículo reflexiona sobre los muchos retos que impone el tema y considera al autor uno de los poetas más destacados de la generación de los cincuenta.

 

En recuerdo de Sergio González Rodríguez,
a cinco años de su muerte.

 

Leemos en los periódicos y de manera compulsiva en la televisión vemos, con claros intereses políticos, que vivimos en “un clima de violencia cotidiana”. La expresión también se lee con frecuencia en textos de análisis social, pero pocas veces se cae en cuenta de que hay una contradicción en los términos y que su sentido paradójico se agota pronto: si es violencia no puede ser cotidiana. Pero es una expresión difícil de invertir: si es cotidiana no por eso deja de ser violencia. En el terreno del arte y la literatura en México se da una curiosa y desigual reacción: la pintura da testimonio y la novela la convierte en anécdota. Y la poesía o la ignora o apenas se atreve a nombrarla. Caso excepcional es la poesía de Jorge Humberto Chávez, poeta juarense que se arriesga a tematizarla con valentía y calidad. Fruto de esa opción es su reciente Un rosario de huesos.

La expresión tiene miga, reúne connotaciones religiosas muy propias del país, como la práctica del rosario, con la pulsión de muerte que acompaña a los huesos. Sentimos que el objeto que sirve para rezar el rosario es un rosario hecho de huesos; no, de ninguna manera, de rosas, ni siquiera de rosas del desierto, tampoco de rezos sino de reclamos airados y llantos estremecidos y no pocas veces estremecedores. En una de las más grandes novelas del siglo xx, Gran Sertón: Veredas, su autor, Joao Guimarães Rosa, narra en un pasaje que durante una tormenta a un toro le cae un rayo y lo deja en los huesos. Ese esqueleto de pie en el llano es una imagen apocalíptica. Si la imagináramos en la frontera se volvería una parodia, sería el toro de Osborne y el esqueleto la estructura de un anuncio espectacular en medio de la carretera, como si allí la épica nos estuviera vedada. Las distancias entre la causalidad y la casualidad se anulan: Ciudad Juárez es un paradigma de la violencia y por eso un poeta de esa ciudad escribe una poesía así. Pero, ¿cuál es la causa y cuál el efecto, cuál el azar nunca abolido? Asume el poeta que nombrar esa realidad no se puede hacer desde el bucolismo o la metáfora, pero que la realidad ha sido superada por ella misma y se ha quedado en los huesos. No es la primera vez que lo hace en su escritura, su excepcional libro anterior ya había abordado el mismo asunto desde una condición postapocalíptica, y desde la condición asumida de que en ese paisaje desolado, en pleno apocalipsis, el poeta sigue cantando y escribiendo poemas de amor.

Tal vez la diferencia sea que antes su voz da entrada a la violencia en ese ritmo versicular que caracteriza a Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto, mientras que en el rosario se asume más la letanía, la letra que se canta a coro, que en su coralidad refrenda y refrenda la cólera. Llama la atención que la violencia liberada en un libro y contenida en el otro no se despoje totalmente de su carisma literario, es decir su tono aurático. Así Juárez, la frontera o el desierto son sucedáneos de Abisinia. Y es que si Chávez es un poeta juarense no es por necesidad sino por voluntad. No es mexicano, si por esto entendemos una pertenencia más que a un canon a una tradición. Es un poeta de la frontera. Nunca se está del todo en la frontera, pues es una línea muy delgada, en cambio siempre se está del otro lado y, al menos en estos libros, en esta poesía, del lado del desposeído, del derrotado, del muerto. Y entonces vuelve el azar como necesidad: el rosario se reza en el rosedal. Y es San Benito (pero no Juárez) quien lo incorpora a la liturgia católica. La frontera está hecha para cruzarse, pero está prohibido hacerlo, y eso genera la situación tan violenta de esa zona del norte. Por eso también esa tan real como inverosímil violencia se ceba en las mujeres y en las familias: la violencia cotidiana, ésa que el narco y la delincuencia imponen, hace que el mismo concepto de muerte natural, desde luego dolorosa y en buena medida inaceptable, pero natural justamente, pierda sentido y toda muerte sea un asesinato. Por eso el colofón de este rosario es tan pertinente y recupera una intencionalidad franciscana nada ingenua para el hecho de escribir poesía.

En 2013, su poemario de largo título, Te diría que fuéramos al Río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay ríos ni llanto, recibió el Premio de Poesía Aguascalientes y lo proyectó a un público más amplio. Se trata de uno de los momentos sobresalientes de la generación de poetas nacidos en los años cincuenta. Si el título es largo también los versos tienden al versículo y, sobre todo la primera parte, “Crónicas”, consigue un tono muy logrado, deudor tanto de la poesía estadunidense como del corrido: narrativas, anecdóticas, pero a la vez sintéticas e intensas crónicas de un acontecer vital social y personal. No por azar la segunda parte se titula “Fotografías”, pues la intención de estos poemas es claramente reflejar la realidad, crear instantáneas que se sustraigan al devenir del tiempo y así permanecer en nuestra memoria e imaginario colectivo. Si en autores como Daniel Sada o Ricardo Elizondo la narrativa fronteriza encontró la manera de narrar esa atroz realidad, Chávez consigue poetizarla sin que esto signifique dulcificarla o embellecerla: es una lírica dura y directa, no pocas veces desolada, con una estética parecida a la que un cineasta como Wim Wenders consigue en París, Texas y no en cambio como la estetización caricaturizada de El mariachi o las películas de Tarantino. Es una poesía que para nombrar la realidad decide ser realista sin perder tonalidades y sin simplificar la experiencia ni evitar el dolor intenso de la absurda violencia. Es, por eso, una poesía más que apocalíptica, del día después.

No siempre tiene ese tono la lírica de Jorge Humberto Chávez. Por ejemplo, su libro Ángel es claramente rilkeano y literario. Esto tiene sentido: incluso en una realidad tan violenta la poesía nace como impulso lírico y por lo tanto poetiza la existencia. También los poetas fronterizos se enamoran y son cursis y cantan al bucolismo y a los ángeles antes de que esa escritura se revele ficción reflejada en la vida cotidiana de un lugar como Juárez, que es y no es un sitio preciso, como bien saben Roberto Bolaño y Sergio González Rodríguez. Viene a la cabeza la expresión, ya legendaria: no hay tal lugar. Pero sí lo hay y por eso, en ese lugar atroz, la poesía surge de las ruinas. Esos vehículos que uno observa en la Rumurosa, entre Tijuana y Mexicali cuando se viaja por carretera “de este lado”, son ruinas, en el mismo sentido en que lo son Chichén Itzá o el Partenón. Ruinas tan reales como míticas. También esos coches son huesos para ese rosario con el que empecé esta crónica.

 

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