No se suele recordar con agrado La Humanae Vitae

Signo de contradicción, La Humanae Vitae

 

No se suele recordar de buen grado la Humanae vitae, auténtico signo de contradicción.

“Raramente un texto de la historia reciente del Magisterio se ha convertido en un signo de contradicción tan grande como esta encíclica, que Pablo VI escribió a raíz de una decisión profundamente sufrida”.

Hace cuarenta años, el 25 de julio de 1968, el Papa Pablo VI firmó la Humanae vitae, la encíclica que rechazaba la anticoncepción con métodos artificiales, contra el hedonismo y las políticas de planificación familiar, que los países más ricos a menudo imponían a los más pobres.

Inmediatamente tras su publicación -que tuvo lugar el 29 de julio-, el texto suscitó una oposición sin precedentes en el seno de la Iglesia católica, hasta el punto de que el Papa decidió no volver a utilizar la forma solemne de la encíclica, muy probablemente para no exponer a un inútil deterioro la autoridad pontificia.

Por su parte, el cardenal jesuita Jean Daniélou subrayaba que ese documento “nos ha hecho sentir el carácter sagrado del amor humano”, expresando una “rebelión contra la tecnocracia”.

Son muchos los factores que concurrieron a producir el disenso y las reacciones polémicas; entre ellos se pueden citar:

El clima cultural general de aquellos años 

Los enormes intereses económicos implicados.

Con todo, sobre este tema crucial el Papa Montini no cambió de actitud.

Más aún, el 23 de junio de 1978, pocas semanas antes de su muerte, hablando al Colegio cardenalicio, reafirmó:

“Después de las confirmaciones aportadas por la ciencia más seria, las decisiones tomadas entonces, en coherencia con el Vaticano II, para defender el principio del respeto de las leyes de la naturaleza y el de una paternidad consciente y éticamente responsabilizada”.

En el discurso que pronunció con ocasión de la fiesta de San Pedro y San Pablo, presentado explícitamente como un balance del pontificado, el Papa Montini citó las encílicas Populorum progressio y Humanae vitae como expresiones de la defensa de la vida humana, que definió elemento imprescindible en el servicio a la verdad de la fe.

Ese documento papal, definido en son de burla “la encíclica de la píldora” -en continuidad con el magisterio de Pío XI y sobre todo de Pío XII, citado a este respecto también por la Gaudium et spes-, es coherente con las importantes novedades conciliares sobre el concepto de matrimonio, pero a pesar de ello se vio inmerso en polémicas.

Hoy, ante los inquietantes progresos de la ingeniería genética, la Humanae vitae se presenta lúcida y clarividente cuando declara que:

 “si no se quiere exponer al arbitrio de los hombres la misión de engendrar la vida, se deben reconocer necesariamente unos límites infranqueables a la posibilidad de dominio del hombre sobre su propio cuerpo y sus funciones; límites que a ningún hombre, privado o revestido de autoridad, es lícito quebrantar” 

La tempestad suscitada contra la encíclica de Pablo VI oscureció sobre todo la doctrina sobre el matrimonio, según la cual no es “efecto de la casualidad o producto de la evolución de fuerzas naturales inconscientes”, sino que ha sido instituido por Dios.

El matrimonio, que para los bautizados es un sacramento, es “ante todo -afirma con fuerza la encíclica Humanae vitae-, un amor plenamente humano, es decir, sensible y espiritual al mismo tiempo”, así como “una forma singular de amistad personal, con la cual los esposos comparten generosamente 

La elaboración del texto estuvo precedida por los trabajos de una comisión pontificia para el estudio de la población, de la familia y de la natalidad, que, como es sabido, en 1966 se inclinó por mayoría, pero no sin contrastes -y esto es mucho menos conocido-, en favor de la licitud de la anticoncepción en el marco de una “paternidad responsable”.

Pablo VI, sin embargo, no se sintió obligado a atenerse a esas conclusiones, y fue criticado y atacado por su decisión.

Pero no se deben olvidar los consensos. En L’Osservatore Romano del 6 de septiembre de 1968, Jean Guitton definió la encíclica ferme mais non fermée (“firme pero no cerrada”), pues, aunque “habla de la senda estrecha”, muestra que es “el camino abierto hacia el futuro”.

No se suele recordar de buen grado la Humanae vitae, auténtico signo de contradicción.

Ciertamente, eso se debe a su doctrina exigente y contracorriente, pero también a que no es útil para el juego recurrente que opone a los Papas uno contra otro, método tal vez útil desde el punto de vista historiográfico para poner de relieve diferencias obvias, pero que no se puede aceptar cuando se usa instrumentalmente, como sucede de modo continuo sobre todo en el ámbito de los medios de comunicación.

Apoyaron al Papa Pablo VI el cardenal Karol Wojtyla -que, siendo arzobispo de Cracovia, había desempeñado un papel importante en la comisión ampliada y luego innovaría mucho con su magisterio pontificio sobre el cuerpo y la sexualidad- y Joseph Ratzinger, otro purpurado creado por él.

Esto demuestra la continuidad vital de la propuesta cristiana también sobre el problema del control de nacimientos, que ya el 23 de junio de 1964 el Papa definió “sumamente grave” porque “toca los sentimientos y los intereses más cercanos a la experiencia del hombre y de la mujer”.  

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