La desatención civil…

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Escrito por Juan Jesús Priego   
Domingo 07 de Diciembre 2008
ENSAYOS CRISTIANOS

Image Fue Edwin Goffman, el famoso sociólogo inglés, quien acuñó la expresión «formas de desatención civil» para referirse a eso que solemos hacer en las calles o en las plazas para no darnos por enterados de lo que ocurre a nuestro alrededor.

Por el padre Juan Jesús Priego / San Luis Potosí

Leer un libro en el autobús, por ejemplo, puede ser una manera de ganarle tiempo al tiempo, como se dice, convirtiendo el medio de transporte en una escuela rodante; pero puede ser también una «forma de desatención civil» si nos ponemos a leer sólo para no tener que vérnoslas con nuestros compañeros de viaje. Colocarse un par de audífonos en la cabeza puede ser una manera de hacer nuestra caminata cotidiana menos aburrida, pero puede ser igualmente una «forma de desatención civil» si nos tapamos con ellos las orejas únicamente para ignorar a los que caminan a nuestro lado, o para no saludarlos haciendo como que no los vemos. «Cuando enciendo el walkman apago el mundo», me dijo una vez un amigo mío, y no creo que, hasta ahora, alguien lo haya dicho mejor. Sí, encender el walkman es no permitir que el mundo con sus sonidos, sus voces y su ruido nos alcance.

Pero prosigamos. Hoy, gracias a la tecnología, las formas de desatención civil son abundantes, y esperar nuestro turno en una ventanilla puede dar ocasión para ejercitarnos en muchas de ellas. Podemos, por ejemplo, hojear la revista de ofertas de un famoso centro comercial, o fingir que la punta de nuestros zapatos es un objeto digno de contemplación, o pulsar azarosamente las teclas de nuestro teléfono celular haciendo como que enviamos un mensaje, aunque en realidad no tengamos saldo ni amistades para ello… Como puede verse, la lista es infinita.

Ser desatentos, en el lenguaje cotidiano, significa ser descorteses. «¡Qué desatento eres, querido!», dice la mujer a su esposo cuando a éste se le olvida cederle el paso antes de entrar ambos a algún lugar. Sin embargo, un análisis más detenido de las palabras nos tendría que llevar a concluir que la desatención, por evidente que esto parezca, tiene mucho más que ver con la atención que con la cortesía, y que es como la falta de ella. El desatento es descortés sólo de rebote, por decir así, pues antes ha cometido otra falta: la de no haber reparado en los seres que se movían a su alrededor y, por lo tanto, de darles el trato que merecían. El desatento mira, pero no ve; oye, pero no escucha; camina, pero pasando de largo.

Conocí una vez a un hombre así —bueno, en realidad he conocido a muchos, pero por ahora quiero referirme sólo a él—. Por el puesto que ocupaba era muy conocido en todas partes y no eran pocos los que lo apreciaban, de manera que cuando lo veían en la calle casi siempre intentaban detenerlo. No obstante, este señor caminaba por la vida con la actitud de quien lleva siempre mucha prisa. No, no caminaba por la vida: corría. Y, así, cuando alguien lo interceptaba, él se ponía a la defensiva haciendo casi automáticamente las siguientes cuatro cosas: Primera: esbozar una sonrisa para derretir el hielo y dar apariencia de cercanía. Hasta aquí todo estaba bien, pero apenas transcurrían 10 o 20 segundos, nuestro amigo pasaba entonces a ejecutar el acto número dos, que consistía en hacer breves pero incisivas alusiones a su compromiso más inmediato, que tendría lugar a escasos cinco minutos en la parte opuesta de la ciudad. Una vez hecho esto, era ya muy fácil ejecutar el acto número tres, consistente en lanzar una discreta mirada a su reloj de pulsera. Cuando llegaba a este punto, ¿qué podían hacer los interlocutores más que apartarse de su camino para no ser arrollados por él? Por último —paso número cuatro—, nuestro héroe echaba a correr. Y no es que fuera malo, no: es que era desatento. No reparaba en los demás, ni se hacía cargo de sus personas; no leía la composición o descomposición de sus rostros: él, sencillamente, los ignoraba.

En sus Soliloquios y conversaciones, don Miguel de Unamuno (1864-1936) confesó haber descubierto un método para detectar ociosos. ¿Quiere usted saber en qué consiste? Escuche usted: «En mi pueblo, en Bilbao, hay un cierto culto a la actividad, al trabajo, y, sin embargo, hay muchos vagos –como es natural que los haya en un pueblo tan trabajador-; pero esos vagos, para hacer creer que trabajan, van siempre muy de prisa por la calle… Cuando veáis a un individuo que va a todo vapor, atropellando a aquellos con quienes cruzan, podéis asegurar que es un vago. Quiere hacer creer que está muy atareado».

Estos que viven corriendo, ¡cómo son descorteses y fríos! Tú los quieres detener para preguntarles cómo están y ellos simplemente se baten en retirada; y si les hablas por teléfono, se ve a las claras que ya antes de contestar quieren colgarte. Pero, ¿qué pasa con estos energúmenos? Que llegados a cierto punto, uno se cansa de ellos y opta por hacerse a un lado. ¡En cambio, cómo admiramos a las personas que caminan por la vida con parsimonia y elegancia! Son atentos, educados y casi se diría que hasta contemplativos. Todo objeto que se mueve a cierta distancia de ellos es digno de su atención y de su saludo.

La atención, la verdadera atención, es una virtud; «es una gracia que hay que pedir», asegura el cardenal Carlo María Martini en uno de sus libros. «Supone distensión, desapego, prontitud, agilidad de espíritu, libertad interior, capacidad de entusiasmarnos por cualquier cosa bella, ausencia de prisa». La atención es la virtud de los grandes hombres, el fundamento de la cortesía, aquello que hace posible los encuentros.

En la era de la desatención y de la prisa hay que pedir a Dios la gracia de la atención. Para que los demás no pasen por nuestra vida como pasan las ráfagas de aire, para poder darles lo mejor de nosotros mismos y enriquecerlos con los tesoros que llevamos dentro.

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