Pasear por la ciudad de Mexico

Si Juárez no hubiera muerto…

Ángeles González Gamio

La Jornada

 

 

Reza el popular danzón que nos evoca a don Benito Juárez, por cuyo natalicio, que se conmemora el próximo día 21, vamos a descansar mañana, en esa nueva política de promover fines de semana largos. Vale la pena planear bien este asueto, ya que son múltiples las opciones que ofrece la fascinante ciudad de México. Una caminata por el Centro Histórico siempre es grata y estimulante, sea para pasear por sus flamantes calles, con su pavimento, iluminación y banquetas nuevas, sin vendedores ambulantes ni letreros agresivos, con las fachadas restauradas, o visitar alguno de sus más de 50 museos. Aunque algunos estarán cerrados mañana, es día propicio para conocer el llamado Recinto de Homenaje a don Benito Juárez, que se encuentra en el ala norte de Palacio Nacional, que va a estar abierto.

Aquí se pueden visitar las habitaciones en donde vivió y el lecho en donde murió el 18 de julio de 1872. Una angina de pecho tronó su corazón tras muchas horas de intensos dolores, que seguramente se agudizaron por el agua hirviendo que le vertían con la intención de curar el padecimiento. En una conmovedora crónica, su médico cuenta el valor y entereza con la que enfrentó sus horas de agonía.

El mobiliario y decoración de los distintos espacios nos hablan de la sencillez con la que vivía. Anteriormente los presidentes habían ocupado el ala sur con habitaciones más amplías y lujosas, pero él, congruente con sus principios de austeridad republicana, se trasladó a la más modesta área norte. En la sala comedor, un piano nos habla de su afición por la música. Es poco conocido que brindó gran apoyo a la Sociedad Filarmónica de México. En los acogedores cuartos es fácil imaginar a don Benito con su bata de casa, rodeado de la familia, fumando un puro, acompañado de un buen mezcal y jugando una partida de naipes, placercillos a los que era aficionado.

Guiados por la talentosa historiadora Martha López Castillo, subdirectora de Recintos de la Secretaría de Hacienda, dependencia custodia del espacio, visitamos también la colección de objetos históricos, que se formó con piezas auténticas que pertenecieron a Juárez y a su familia, donadas por descendientes y admiradores. Una vitrina expone la mascarilla que se le tomó cuando falleció. El sitio fue inaugurado por el presidente Adolfo Ruiz Cortines, el 18 de julio de 1957. En la entrada al recinto, situada en medio de los llamados Patios Marianos, se aprecia una estatua sedente del Benemérito, que mandó hacer Porfirio Díaz con el metal de los cañones que utilizó el general Miguel Miramón en las batallas de Silao y Calpulalpan. La inauguró el 21 de marzo de 1891, aniversario del natalicio.

Al concluir la visita, con el clima tan agradable, vale la pena caminar por la señorial avenida Madero, ahora peatonal y recordar a la duquesita Job, que inmortalizó Manuel Gutiérrez Nájera en un delicioso poema. Al llegar a la Alameda, hay que echarle un vistazo al llamado Hemiciclo a Juárez, o sea el gran monumento de albo mármol que bautiza la avenida y que mandó construir Porfirio Díaz, como una más de las obras arquitectónicas con las que conmemoró el centenario de la Independencia. En otra ocasión le dedicaremos su crónica especial por el bicentenario, pero ya se acerca la hora de comer, y como estamos a un paso del Palacio de Bellas Artes, vamos a su agradable restaurante.

Hay que sentarse en una mesa con el panorama de la Alameda, para deleitarnos con la vista de las jacarandas en flor y con los ricos platillos que ha preparado, especiales para este mes, su dueño y cheff Luis Bello Morín. ¿Que tal abrir boca con unas tostaditas de jaiba?, a continuación, la sopa de habas y nopales, muy de Cuaresma. Plato fuerte: pescado en hoja santa o atún a la miel de soya. De postre me encanta su pastel de zanahoria. Por cierto, Sus martinis (los tradicionales, no esos que inventan ahora de jamaica, zarzamora y demás) son magníficos.

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