Padre de la sana distancia e higiene: Adrién Proust

 

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La Jornada

París.

El genio literario de su hijo opacó los méritos científicos del higienista francés Adrien Proust, gran pensador del distanciamiento social y del confinamiento, figura que sin duda ahora habría ocupado un papel central en la lucha contra la pandemia de Covid-19.

La obra de Adrien Proust (1834-1903), consistente en una veintena de volúmenes sobre los circuitos de las epidemias, incluido su ensayo sobre la higiene internacional (1873), yace a la sombra de la celebridad póstuma de su hijo Marcel, autor de En busca del tiempo perdido.

Este higienista fue uno de los mayores pensadores europeos del siglo XIX del distanciamiento social, la cuarentena, el cordón sanitario moderno y el confinamiento –que llamaba secuestro–, en una época de grandes epidemias mortales, como el cólera asiático, la peste y la fiebre amarilla.

Este geógrafo de las epidemias, como lo describe el biógrafo y especialista de Marcel Proust, Jean-Yves Tadié, trazó las nuevas rutas de las grandes enfermedades infecciosas, viajando de Persia a Egipto y estudiando, por ejemplo, su propagación durante el peregrinaje a La Meca. Analizó también la higiene en el transporte, sobre todo marítimo.

Si no inventó el cordón sanitario, al menos lo reactivó, explica Tadié. Teorizó en particular sobre el confinamiento sistemático.

Un secuestro riguroso y la interrupción de las comunicaciones terrestres y marítimas logran preservar varias zonas y varios países de las epidemias, escribió Adrien Proust, antes de convertirse en 1884 en el inspector general de los servicios sanitarios de Francia.

Lavarse manos y cara

Este higienista se jactaba de no haber enfermado nunca, gracias a que mantenía su distancia con los enfermos que visitaba. Bastaba con lavarse las manos y la cara con frecuencia, aseguraba.

Según Tadié, tenía una visión europea de las cosas y saltan a la vista algunas similitudes con la crisis actual: La defensa de Europa frente al cólera se hacía como hoy día, en orden disperso.

Proust participó en todas las conferencias internacionales sobre epidemias. En ellas, abogó por la creación de una oficina internacional de higiene pública, que vio la luz en 1907, cuatro años después de su muerte.

Batalló además por imponer a los británicos y otomanos un verdadero control sanitario, un dilema también con ecos actuales, cuando se debate privilegiar la salud o la economía globalizada.

En nombre de la divisa dejar hacer y dejar pasar, los británicos no querían frenar el comercio que se basaba en gran medida en la ruta de las Indias. Vimos cómo se producía lo mismo con Boris Johnson, que al principio (de la epidemia) no quería imponer controles, según el profesor Tadié.

Nacido en Illiers-Combray, al oeste de París, hijo de pequeños comerciantes, se doctoró a los 28 años, médico y neurólogo a la vez, y se especializó en la higiene en su cuarentena.

Miembro de la Academia de Medicina de Francia, se convirtió en un prototipo del positivista laico, republicano, ateo, interesado en las cuestiones sociales y convencido de que la ciencia aportaría bienestar a la humanidad.

Dos visiones del aislamiento

Como padre de familia era aterrador e infiel, y su envergadura aplastaba al joven Marcel, asmático, al que llamaba mi pobre Marcel, explica Tadié. Trabó una mejor relación con su hijo mayor, Robert, médico de renombre durante la Primera Guerra Mundial.

Si bien compartían una gran capacidad de trabajo, muchas cosas separaban a Adrien y Marcel. Mientras su padre aseguraba en su tratado de higiene que había que imponerse al polvo y airear, su hijo, que vivió confinado en sus últimos años, nunca aplicó la regla.

El escritor empleaba los métodos de su madre para luchar contra el asma: se cubría y se encerraba en su habitación, mientras su padre le decía que hiciera ejercicio, saliera, abriera la ventana, según Tadié.

Y mientras Adrien le decía que dejara las ventanas abiertas, Marcel, aterrorizado con la idea de contagiarse de algún mal, hacía desinfectar con formol las cartas que recibía.

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