«Otoño en París»: dieciocho jóvenes pintores oaxaqueños

‘Otoño en París’: dieciocho jóvenes pintores oaxaqueños

Vilma Fuentes

La exposición ‘Otoño en París. Artistas mexicanos’, en la Galería Piaf en el corazón de la Ciudad Luz, detona en la memoria una lista de pintores mexicanos que han pasado por el rigor y la enseñanza, pero también por el glamur de la afamada capital francesa.

 

Al parecer, el surrealista azar objetivo me persigue sin darse ni darme tregua. En vano trato de evitarlo o, al menos, de no verlo. Su evidencia me vence. Acaso, aunque no se equivocó al hablar de azar, André Breton decidió olvidar la parte de paranoia o sentimiento de amour fou que despierta en quienes asuela con sus encuentros. Ni siquiera tengo que salir a la calle: llega hasta mi casa, entra sin tocar a la puerta y me señala, con la voz de Jacques, que una exposición de pintores mexicanos se exhibe en una galería a cien pasos del edificio donde vivimos, en la calle vecina de Frédéric Sauton.

Sin tardar, me dirijo a la galería, mientras me cruzan por la cabeza los nombres de tantos pintores amigos que, venidos de México, he visto pasar por París. Algunos de ellos vivieron aquí una temporada. Otros estuvieron de paso. Carmen Parra y Alberto Gironella, primeros encuentros. Ella preparaba tres litografías sobre Paulina Bonaparte para las cuales escribí unas frases. Alberto ilustraba Terra Nostra, de Carlos Fuentes, entonces embajador en Francia. Juan Soriano, a quien miro hacer y rehacer un burro bajo un árbol al que cambia el follaje según la estación. José Luis Cuevas dibuja escenas eróticas riendo al imitar, con la misma maestría que pone en sus dibujos, a amigos y conocidos, uno seduciendo, otro subyugando y algo más: Flores Olea, Luis Echeverría, Mercedes Iturbe. Pedro Coronel me muestra un gran tríptico aún no terminado en su departamento del Observatoire. Alfonso Domínguez pinta sus extraordinarias telas, tan ricas en color, en el departamento de Montparnasse donde vivió Modigliani. Felguérez, Arévalo, Guillermo Arista, Kaminer, Carlos Torres. El nombre de Zárate me trae a la mente el de Francisco Toledo y veo la ciudad de Oaxaca, su maravillosa iglesia de Santo Domingo, su plaza donde corren las ardillas. Toledo, quien me cuenta cómo se escondía, tímido, para ver a Tamayo, mientras su mano dibuja coyotes aullando.

Los recuerdos son, acaso, un viaje. A veces, un sueño despierto. De mi casa a la galería, en unos cuantos flashes, viajo en el tiempo y en el espacio, al vecino país del pasado, a lo alto de Monte Albán y a la ciudad de Oaxaca. Así, el azar, siempre objetivo conmigo, no me sorprende: la exposición es de pintores oaxaqueños. Del sueño a la realidad basta un parpadeo. Acaso por ello, la vida los confunde a menudo.

A un paso de la galería, veo centellar en la vitrina los colores de las flores y las frutas del mercado de la ciudad de Oaxaca, las volutas de los bordados oaxaqueños, sus animales totémicos. Al cruzar el umbral de la Galerie Artes de la calle de Frédéric Sauton, en el corazón de París, penetro de un salto en el universo oaxaqueño.

Dos jóvenes mujeres, Marlen López y Laura Prados, responsables de la exposición, me explican que, en efecto, los autores de las telas expuestas en París son de pintores oaxaqueños, artistas de la Galería Piaf con sede en la capital del estado de Oaxaca. El nombre de “Piaf” es un homenaje a las cantantes francesas, simbolizadas por Edith Piaf. Cabe recordar que el término piaf en francés es gorrión.

Creada hace cinco años, la Galería Piaf se mantiene, de manera independiente y sin ninguna subvención, gracias al grupo de artistas que ha reunido. Desde luego, el aura cultural emanada de Francisco Toledo en Oaxaca irradia en la Galería Piaf como en toda la vida artística de la ciudad. Las alianzas con otras dos galerías, ImaginArte en Barcelona y Warbevco Art Gallery en Atlanta, permiten a la Piaf intercambios de la obra de sus artistas. La actual exposición colectiva Otoño en París. Artistas mexicanos, en la galería parisiense, y en el Carrousel du Louvre durante su festival anual, presenta dieciséis jóvenes artistas al público francés.

La directora de ImaginArte, la pintora y restauradora Victoria de la Serna, me informa que un grupo de pintores de su galería presentará sus obras en Oaxaca. Pienso en lo benéfico de los intercambios que abren horizontes gracias al contacto humano y personal, mientras admiro Sueño febril, de Victoria.

De las paredes de la Galerie des Artes cuelgan obras de los dieciocho pintores que, desde Oaxaca, traen la luz, el sabor, los aromas del sur de México. Influencias, en algunas, de la transparencia colorida de Tamayo y de la vida hormigueante e imperecedera de Toledo. De Jesús Cuevas, quien trabaja actualmente en el taller de litografías de Clot, Georges et Bramsen, admiro su refulgente Torito de fiesta sobre la cabeza de una figura cuyo rostro es máscara. Catarino Zárate expone Huitzilopochtli fragmentado, hecho de trasparencias, opacidades, lunas y astros. Inés Lara nos ofrece la visión de un conejo mirando la luna en su tela Pensando en ti, donde se mezclan rasgos de Tamayo y Toledo. El inmenso bosque de la niebla, de Alain Domínguez, recrea las penumbras de Magritte en un bosque de Oaxaca al alba.

Más tarde escribiré sobre los otros jóvenes pintores y sus obras que permiten, por su originalidad, el dominio de su trazo y, a veces, su humor, pensar que la pintura oaxaqueña tiene un largo futuro.

 

 

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