José Ma. Pérez Gay descubrió, que Fuentes leyó «Los sonámbulos» a los 19 años, trilogía de Hermann Broch

La última conversación de Paz y Fuentes
Javier Aranda Luna
Una manía infantil hizo que Carlos Fuentes pusiera fecha y lugar en las primeras páginas del libro que estaba leyendo. Gracias a esto y muchos años después, su amigo José María Pérez Gay descubrió, mientras curioseaba en su biblioteca, que Fuentes había leído Los sonámbulos a los 19 años, aquella trilogía compleja de Hermann Broch.

Fuentes fue un lector voraz y cosmopolita que escribía y leía en inglés, español y francés como nativo. El peregrinaje dorado de su padre como diplomático le permitió descubrir desde niño que con fronteras no hay cultura. Le emocionaba lo mismo Jimmy Hendrix que la geometría precisa de las pirámides de Teotihuacan, La Traviata en el Covent Garden de Londres que la región más transparente vislumbrada por Alfonso Reyes y que le inspiró a escribir una de sus obras más emblemáticas.

Y quizá en ese andar por el mundo miró a México desde distintas perspectivas. Cuando tenía 10 años vivió la expropiación petrolera en Washington. Si bien no pudo ver el ambiente de euforia provocado por Lázaro Cárdenas en el país, sí conoció la reacción del pueblo estadunidense a las acciones implementadas por el gobierno mexicano.

Para Carlos Fuentes, México fue el punto de partida y la meta de su obra. De Chac Mool, su primer cuento, a sus últimos papeles dio realidad verbal a la parte no escrita de este país que no termina de construirse. ¿Qué pensaría de la realidad política de nuestros días?

“México… es un país herido de nacimiento, amamantado por la leche del rencor, criado con el arrullo de la sombra”. Para él no había buena Revolución que no fuera traicionada, “sólo las malas revoluciones no se traicionan a sí mismas…”

La reciente traducción de Terra nostra al chino mandarín es una prueba más de que sus cuentos, ensayos y novelas siguen ardiendo ante los ojos de nuevos lectores. Les siguen contestando preguntas de nuestros días. Terra nostra da cuenta de ese sustrato que hemos formado durante siglos y nos da forma, el que explica los ejercicios del poder en Hispanoamérica, los usos de nuestro idioma, la cultura como tradición y ruptura.

Fuentes empezó a devorar cultura desde pequeño al lado de Alfonso Reyes, cuando el escritor regiomontano podía cargarlo en las piernas durante el tiempo que fue embajador en Brasil, así como de David Alfaro Siqueiros, a quien leyó, a sus 11 años, su primer intento de novela. Nunca intentó tocar en una banda de rock como otros intelectuales, siempre quiso ser escritor y eso se nota en su obra. Compartió a muchos jóvenes su gusto por Jimmy Hendrix pero también por Coetzee, Calvino y por la inteligentísima Susan Sontag.

Hace unos días Silvia Lemus me recordaba que cuando Carlos Fuentes llegó a París a los 20 años conoció a Octavio Paz, que entonces tenía 34. Octavio quedó muy impresionado por ese joven mexicano que tenía una cultura extraordinaria y que además era muy brillante. Carlos había leído a muchísimos escritores de distintos países europeos, su cosmopolitismo era evidente.

–Cuando Andrea Martínez, hija de José Luis Martínez, me presentó a su hermano en El Colegio Nacional después de una entrega de reconocimiento a Fernando Savater, me dijo: La primera vez que escuché hablar de Jimi Hendrix fue a Carlos Fuentes. No sé si lo dijo porque allí estaba Enrique Krauze, que siempre ha sido muy amable conmigo, pero por aquello que escribió en Vuelta yo le dije a Krauze: qué lástima que no lo conociste.

–¿A Carlos le importó la crítica de Krauze?

–Bueno, impresionaba porque los dos pertenecían a Vuelta. Es lógico que sí, porque si en una revista hay un miembro con una constante amistad con Paz, tan fuerte, tan genuina, y además le tenía un amor de intelectuales, de inteligencias, supongo que sí, pero a mí no me lo demostró porque nunca habló de eso.

–¿Ya no habló con Paz?

–Sí lo hizo en una ocasión muy curiosa: los dos tenían a dos cardiólogos que eran hermanos, los Césarman. Teodoro era el doctor de Carlos y Eduardo el de Octavio. Los dos coincidieron al tener cita con sus doctores. Pudo ser, eso no se sabe, que los Césarman provocaran el encuentro. Así, mientras Carlos esperaba la cita con su doctor, llegaron caminando Eduardo y Octavio. Yo estaba sentada. Carlos estaba parado con mi hija Natasha y Carlos, mi hijo, cerca de mí.

“Al pasar Octavio le dijo a Eduardo: ‘¡Mira, allí está Carlos Fuentes con una muchacha, ¿quién es?’ Yo dije: ‘Es nuestra hija Natasha’. Carlos escuchó y caminó hacia Octavio. Se saludaron y se comentaron por qué estaban allí. Hablaban como siempre. Se despidieron y se separaron. Eso fue todo. Nunca más.”

–¿Carlos no comentó nada?

–Nunca habló de eso. No tenía la costumbre de hablar de esas cosas.

–¿Con Krauze habló?

–Nunca.

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