Romayne Wheeler se sienta frente a un piano en las Barrancas del Cobre y toca música inspirada en los Rarámuris

Romayne Wheeler, el pianista de los rarámuris

El músico estadunidense llegó hace 31 años a la Sierra Tarahumara, donde fue acogido por la comunidad // Para retribuir, apadrina a 42 chicos de la zona

Wheeler habita en un lugar remoto del Nido del Águila. Todos estos años han sido de los más felices de mi vida, porque siento que mi música está haciendo algo de valor para ayudar a la humanidad, expresa.
Afp
La Jornada

Romayne Wheeler se sienta frente a un piano en las Barrancas del Cobre, sistema montañoso del norte de México, y toca música inspirada en las comunidades indígenas a las que ahora dedica su vida.

El compositor estadunidense de 81 años ya no vive en la cueva que fue su primer hogar cuando llegó hace décadas con su piano portátil a la Sierra Tarahumara, en Chihuahua.

Sin embargo, se siente parte de la comunidad rarámuri, que lo acogió compartiéndole su comida, música y cultura en la diminuta localidad de Retosachi, ubicada en las montañas de la región.

Siento que toda esta área que me rodea es mi estudio, dice Wheeler desde una casa que mira al vacío en esa remota zona montañosa, a la que sólo se puede llegar tras varias horas de recorrido.

Su historia empezó en Estados Unidos mientras estudiaba música indígena y una tormenta de nieve le impidió viajar a una reserva de nativos cerca del turístico Gran Cañón de Colorado.

Al hojear una revista National Geographic se encontró con imágenes de la Sierra Tarahumara y decidió visitarla. Fue como ir a casa, recuerda el hombre, hoy vestido con una camisa con motivos indígenas y sandalias tradicionales.

La gente más reverenciada aquí son los músicos. Los tienen en alta estima, como si fueran chamanes, añade.

Donde habita Wheeler es parte del llamado Triángulo Dorado, una zona con una historia de producción de mariguana y opio, así como de violencia ligada a los cárteles del narcotráfico.

Compartían lo que tenían

Wheeler se identificó tanto con la filosofía de los rarámuris que volvió al lugar año tras año antes de instalarse permanentemente con ellos en 1992.

Compartían todo lo que tenían; consideran que quien tiene mayor valor es el que ayuda más a los demás y contribuye con algo positivo a la humanidad, resalta.

Cuando llegó por primera vez, los rarámuris, palabra que significa los de los pies ligeros, reconocidos por ser grandes corredores, le mostraron una pequeña cueva donde podría practicar música y mantener su piano a salvo.

Mis amigos a veces decían que con el viento justo se podría escuchar mi instrumento a través del cañón, recuerda.

El hijo de un vecino mostró interés en la música, por lo que Wheeler le enseñó a tocar y lo envió a estudiar a la capital del estado.

Ahora, Romeyno Gutiérrez, su protegido, es un aclamado pianista que se presenta en el extranjero y que ha acompañado a Wheeler en dos giras en Europa.

Es el primer pianista y compositor de herencia indígena que conozco en nuestro continente, dice Wheeler. Sin embargo, traer su piano Steinway de 1917 a la aldea de Retosachi fue una odisea tan grande como la de él mismo.

Ese sueño nació en Austria, donde Wheeler, también montañista experimentado, estudió y vivió por 32 años, pero donde el duro invierno boreal complicaba la tarea de llevar un piano a las montañas.

En México contrató una compañía de mudanza para llevar el frágil instrumento desde Guadalajara hacia las montañas.

Tomó 28 horas el recorrido por caminos agrestes para llegar hasta la casa de Wheeler con el piano recargado sobre uno de sus costados entre pilas de papas.

Íbamos tan lento como si camináramos sobre todos los baches en el camino, evocó.

Pese a vivir en un lugar remoto llamado el Nido del Águila, Wheeler nunca se siente solo con las visitas de sus vecinos y por sus perros. Me siento más solo en la ciudad porque ahí la gente no tiene nada qué decirse, sostiene.

El pianista apadrina ahora a 42 chicos en la zona, una de las más pobres de México. Allí, el acceso al agua potable es limitado y obtener alimentos y servicios de salud es un reto para las comunidades que dependen de la agricultura.

A inicios de los años 90, Wheeler decidió utilizar las ganancias de los conciertos que ofrece por el mundo para fundar una escuela, una clínica y un programa de becas.

Es muy buena gente. Ayuda mucho, declara uno de sus vecinos, Gerardo Gutiérrez, quien era niño cuando conoció a Wheeler. Antes regalaba cobijas cuando hacía mucho frío, y a veces conseguía despensas, añadió el hombre de 49 años.

Devolver algo a la comunidad fue siempre el propósito más profundo del pianista.

Todos estos años han sido de los más felices de mi vida, porque siento que mi música está haciendo algo de valor para ayudar a la humanidad, resalta.

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