«No me preocupa ser o no ser artista». Soy feroz, inclemente con mi trabajo y ”: Flor Garduño

Luz en los ojos: cuatro cartas de Flor Garduño

José Ángel Leyva

 

Carta 1

Querido J.A., nunca escribí cartas a pesar de las distancias y los viajes, de nostalgias por mis seres queridos. Suelo intercambiar mensajes por WhatsApp o por correo electrónico, conversaciones cómplices, amistosas, para reírme o para conocer opiniones sobre lo que estoy haciendo o estoy fraguando. Puedo hablar por horas de mi obra, pero soy incapaz de escribir o teorizar sobre mis procesos creativos.

Me gusta que veas una intencionalidad o una estética cinematográfica en mis fotos. Echo mano de otros conocimientos y pasiones como la pintura, el grabado, el diseño gráfico, mi delirio por la artesanía, el cine. Mis fotografías nacen, más que de una búsqueda, de un encuentro con mis sueños, de mi convicción en los arquetipos, de una invocación de imágenes y de una construcción de escenas que provienen de alguna película, de obras literarias o artísticas en mi imaginación, en el recuerdo.

También me dices que ves una proximidad con la poesía visual, que construyo metáforas visuales, y te digo que sí. Esas imágenes brotan en la dinámica cotidiana, cuando, por ejemplo, cortas una manzana y ves la sugerencia del fruto, del corte que lo convierte en otro objeto, en otra dimensión significativa. Si cambias la dimensión de los objetos mediante la perspectiva haces una abstracción. Por ejemplo, creces una manzana a un metro y ese fruto con sus destellos es otra cosa, quizás un planeta, un cosmos. El manejo de la luz puede provocar otra imagen, otra realidad. Para mí es fundamental saber cómo funciona la luz, entender sus efectos.

En el retrato, “busca siempre la luz en los ojos”, me insistía mucho Katy Horna, mi maestra de vida. No sólo he seguido al pie de la letra su consejo, su lección, también he aplicado ese mismo principio en mi trabajo, en mi persona. Para ver en la oscuridad uno mismo debe tener luz en los ojos. El cuarto oscuro continúa siendo el espacio íntimo en el que me sumerjo en una alquimia de revelación y misterio, pero también de gozo, de emoción ante la expectativa de lo que he visto.

Carta 2

Querido J.A., esta mañana escucho el ruido envolvente de las chicharras como si fueran cables eléctricos que vibran y llenan la atmósfera de música estridente y a la vez hipnótica. Es el calor y el bochorno lo que embriaga a los insectos y los motiva al apareamiento. Ese ruido es un llamado a la fertilidad y al placer, a la contemplación, al trabajo. Mira, le he dado vueltas y vueltas a tus comentarios sobre el cine y mi obra. Me hiciste recordar episodios biográficos como si transcurrieran en un filme, imágenes emblemáticas que vienen de un pasado remoto y olvidado. Soy junguiana, ¿sabes? Mi convicción por los arquetipos y la sincronicidad es muy firme.

Algunos críticos y periodistas me han colocado en el surrealismo. Me encanta el surrealismo pero no me siento identificada con su filosofía, su lenguaje, sus búsquedas. Mucha gente ve en la fotografía del personaje con paraguas en el mar un homenaje a Magritte, pero se dejan llevar por el icono del paraguas. Mucho tiempo antes de que me fuera a vivir a Suiza y comenzar mi terapia junguiana, Raquel Tibol escribió sobre mi trabajo. Dijo que nada más erróneo que ubicarme dentro del surrealismo, que si se trataba de asociarme con algo, de etiquetarme, se debería de buscar en la mitología. También señaló que mi mirada evocaba más a los prerrafaelitas, quienes basaron sus obras en la mitología y en un realismo cargado de simbologías. Exploré, en esa misma dirección, la iconografía de los alquimistas y sus sistemas de símbolos e ideas. Probablemente tuvo razón y allí está la impronta de mi formación como artista plástica en la Academia de San Carlos, de mis estudios en Historia del arte.

Hago homenajes, y lo reconozco, a artistas como Edward Hopper, Krzysztof Kieslowski, Bergman, Andrei Tarkovski, sobre todo al Tarkovski de Nostalgia en los Bagni vignoni, pero recreado en una cascada de Morelos, con velas al aire libre. Eso por citar a algunos creadores admirados. De toda la vida me gustó mucho el fotógrafo húngaro André Kertész; Koudelka es también uno de mis referentes, me gusta mucho su manera de ver, sus reportajes en los que no hay repeticiones y se nota el rigor de su actividad, el trabajo de edición. Otro de mis fotógrafos predilectos es el checo Frantisek Drtikol, me gusta mucho su mirada.

No me preocupa ser o no ser artista. Me he ocupado de mí misma porque soy feroz, inclemente con mi trabajo y eso ha sido, en ciertos momentos de mi vida, paralizante. Tanto que pasé por un largo período de psicoanálisis junguiano cuando vivía en Suiza. Sufría por la realización de mi obra, de mi artesanía. La pregunta era ¿por qué me torturaba esa emoción de crear? La terapeuta me dijo que pensara en el privilegio de ser una persona, entre millones de semejantes, capaz de advertir en el muro, que delimita un camino, la rendija por donde puede ver otras realidades que los demás ni siquiera imaginan. Facultad de los artistas que, llevados por la curiosidad, revelan a los demás lo que descubren por ese agujerito. No obstante, cada autor debe pagar un precio por mantener ese privilegio, y es el conocimiento de los propios demonios, a los que de antemano sabes que no podrás domesticar o domar, pero podrás cabalgar con ellos. Si luchas por domesticarlos perderás la gracia, pues son los demonios de la creatividad. Se trata de convertir la ansiedad en una habilidad para dirigir esos demonios hacia la realización de los deseos y hacia aventuras en territorios ignotos. En el artista no es suficiente el talento, debe pagar peaje con trabajo, con entrega, con disciplina. Los demonios te impulsan a saltar y asumir los riesgos de lo inimaginable y de las corazonadas. No se deja de sufrir, pero se aprende a convivir con esas bestias de la oscuridad.

Carta 3

J.A., no pude escribirte temprano y responder a tus observaciones e inquietudes. Mientras redacto cae la tarde y el calor agobia. En el jardín, mis perritas salchicha ya no juegan, parecen sombras estacionadas, perplejas y somnolientas en su lecho.

Disculpa que no te haya permitido fotografiar los objetos que habitan en mi casa, pero son parte de la utilería que tarde o temprano aparecerá en alguna escena, en alguna fotografía o en mi joyería, porque también diseño joyas. Cada objeto ha llegado hasta aquí porque trae su mensaje. Te llama la atención mi afán coleccionista y ves mi casa como un museo, pero es también mi hogar, mi universo onírico y material. Hay objetos que me han seguido a lo largo de mi vida, como los cuervos. Aparecen en mis sueños y llaman poderosamente mi atención, están en muchas de mis fotos, como la de ese cuervo en la nieve que te impresionó por el contraste. Una serie abundante en dichas presencias la titulé Caminos de vida, pero un amigo me dijo ponle Senderos de vida, es más poético. Y le hice caso.

Mis padres jamás cuestionaron mi futuro en el arte. No eran intelectuales; él, mi padre, Gregorio Garduño, era ingeniero, y mi madre, Estela Yáñez, comerciante y joyera. Gracias a las enseñanzas de ella, el diseño de joyas me ha dado recursos para financiarme proyectos fotográficos y libros. Tal vez el no venir de una familia de intelectuales me hizo dudar en algún momento de mis capacidades artísticas, de sentir que no daba el ancho, porque al mismo tiempo se me ocurrían diversas formas de poner en movimiento mi trabajo y no quedarme en la contemplación y la especulación de los valores estéticos de mi trabajo. Aprender y actuar, era el binomio de mi conducta. Pero desde pequeña tuve claro que lo mío iba por el camino del arte.

Solía no asistir a mis exposiciones. Me daba tanto pudor, no sabía qué decir, no me sentía satisfecha del todo con los resultados, aunque sabía que eran buenos. Fueron los comentarios de muchas mujeres los que me hicieron cambiar de opinión y de conducta, porque repetían que se sentían representadas en mi trabajo, que se identificaban no sólo con las fotos sino conmigo. El miedo ante la perspectiva de una carrera en la fotografía no tenía nada que ver con el temor a las carencias materiales, sino a sentir que no era lo suficientemente buena para alcanzar las metas y cumplir mis deseos artísticos. Uno de los cumplidos más apreciados vino de un gran fotoperiodista en mi primera exposición, en 1982. Héctor García se hallaba entre el público. Se me acercó y me dijo ante la foto de un zopilote: “Has retratado muy bien el viento.”

Carta 4

J.A., retomo la conversación sobre esos vínculos de género. Como pudiste ver, en este hogar casi todo es femenino, hasta mis salchichas, que se mueven conmigo a todos lados. No me gusta que me endilguen paternidades estéticas. Trabajé como asistente de don Manuel Álvarez Bravo y aprendí mucho de él, pero no lo veo como un padre. En cambio a Katy Horna sí, ella fue mi maestra, pero sobre todo fue una gran amiga. Me enseñó a ver el mundo y a descifrar la luz que hay en las cosas, por ella advertí la magia de este oficio en el cuarto oscuro, y comprendí que la fotografía es un medio para hacer realidad mis búsquedas estéticas y espirituales, que dependen sobre todo de la educación, la cultura, la sensibilidad, la información, la imaginación de quien ha decidido emplear este recurso para cumplir su cita con el arte.

Katy hablaba muy poco de fotografía, pero mucho de su experiencia de vida, de su visión de la historia. Conocí su obra cuando me invitó a su casa y vi algunas de sus imágenes, no muchas, pero me bastó para reconocer la gran fotógrafa que era. No le gustaba el cuarto oscuro y tampoco era muy ducha en el manejo de las técnicas de revelado e impresión, pero tenía muy clara una cosa: la composición. En 1979 tomé mis primeras fotos con Katy. Algunas están consignadas en el nuevo libro que preparo para mi exposición en el Palacio de Bellas Artes, programada para 2024. Pienso en particular en una foto en la que capto el sol, un peatón, un avión, un barco, unas sillas. Diferentes velocidades y la luz en cada objeto están representadas en un solo cuadro. A Katy no le gustaba que la fotografiaran, pero a mí me dio esa oportunidad. Tal vez fui la única para quien ella posó. Le hice uno de los muy pocos retratos que hay de ella. Sin duda en esa imagen muestra su principal enseñanza: “luz en los ojos.”

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