A quien más echo de menos todavía, es precisamente a Hugo Gutiérrez Vega, a su infinita cultura y vena poética

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El nonagenario Gutiérrez Vega
José M. Murià
Me resulta imperdonable no haber estado atento a que mi muy querido y admirado amigo Hugo Gutiérrez Vega hubiera cumplido 90 años el pasado 24 de febrero. Lo correcto es que le hubiera dedicado unas líneas ese día en vez de escribir un artículo incoloro, inodoro e insípido sobre la señora Gálvez.
Parte de la culpa se la debo al covid, que no me dio ánimos para pensar un poco y, tal vez caer en la cuenta, para rendirle a Hugo un modesto homenaje inspirado en la inmensa admiración que le sigo profesando.

Hugo y yo fuimos buenos amigos, especialmente durante sus muchos últimos años desde que abandonó las filas del PAN y se fue desarrollando cada vez más en lo que podríamos llamar una izquierda racional y atinada.

Pero quizá la mayor identificación con él devino de su fascinante poesía y, también, claro está, su condición de jalisciense de la admirable región de los Altos.

Una de las mejores experiencias que me brindó fueron aquellos dos días que pasamos juntos en Lagos de Moreno, la que fue su tierra de infancia y juventud.

Él predicaba en las tardes y yo en las mañanas, pero cuando yo hablaba, Hugo estaba en primera fila y yo hacía exactamente lo mismo. Yo hablaba de historia y él de sus escritores, pero lo más enriquecedor fueron aquellos largos paseos por la ciudad, siempre a partir de su espléndida parroquia y nunca por el mismo camino.

La regla no escrita era sencilla: él hablaba y yo preguntaba de vez en cuando. Asimismo, a cada momento irrumpía en alguna de esas bien ordenadas casas habitación, anunciándose desde el cancel con su poderosa voz y siendo siempre muy bien recibido. Hubo de todo: café, chocolate, aguas frescas y, sobre todo, verdaderas loanzas para mi amigo y sus antepasadas…

De acuerdo con los buenos modales de pueblo, la visita no duraba más de media horita, minutos más o menos, de manera que no se interrumpía en verdad la tarea cotidiana, mañanera o vespertina, de las laguenses. Los desayunos eran compartidos con algún organizador, pero a mediodía el ágape fue siempre para nosotros dos, sin revelar, por supuesto, dónde sería. Sin embargo, no faltó la coincidencia con algún conocido, pero Hugo dejaba pronto bien establecido que requeríamos de privacidad, dizque para coordinar nuestras intervenciones.

Nada más falso. Simplemente quería hablar de él mismo y su relación con Lagos, y yo gozar con lo que decía de una cosa y otra.

Al término de la actividad nos despedimos con una verdadera sensación de fraternidad, y él marchó a México y yo volvía a Guadalajara.

Lo emotivo sería decir que no lo volví a ver: no es cierto, mínimamente coincidíamos una vez al mes en Churubusco. Era en la casona de José Rogelio Álvarez, también jalisciense, pero de la vertiente occidental, donde el hombre ofrecía una espléndida cena siempre a la misma docena de invitados.

De ese grupo quedan pocos, pero a quien más echo de menos todavía, cuando puedo asistir, es precisamente a Hugo Gutiérrez Vega, a su prodigiosa memoria y a su infinita cultura y vena poética, así como a su atinado compromiso social…

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