Se trata de un streamer, de un actor bizarro, de retórica mesiánica, que parece nutrirse de un autoritarismo colonial.

El último tango en Argentina

Antonio Valle

Este ensayo pone en el centro a la cultura, en particular a la música y a la literatura, para ayudarnos a comprender los actuales procesos políticos y sociales de Argentina. Para ello, lúcida y oportunamente invoca la historia del tango y nombres como Jorge Luis Borges, José Hernández y su ‘Martín Fierro’; Roberto Arlt, Julio Cortázar, Carlos Gardel, Les Luthiers y Gustavo Cerati, entre otros personajes cuya obra está profundamente arraigada en el alma argentina.

I

Las insólitas noticias, informes e imágenes que desde hace algunos meses provienen de Argentina, nos han llevado a reflexionar sobre algunos temas de su devenir cultural. La irrupción de un personaje histriónico que se presenta a medio camino entre la ridiculez, el melodrama y la tragedia; su inaudita violencia y extravagancia gestual y discursiva, paradoja que de forma chusca recuerda al Rey Criollo, es una parodia postmoderna dirigida hacia un público, más que hacia un electorado, extremadamente joven y con escasa formación cultural.

Se trata de un streamer, de un actor bizarro, dotado de una malévola retórica mesiánica, coctel que parece nutrirse de un secular autoritarismo colonial. Esa teatralidad que, por supuesto, se sostiene en la sofisticada tecnología política global del espectáculo, también es reflejo de otra “pasión” espectacular, estéticamente fría, estéril y manida, pasión en la que ha derivado cierto tipo de tango hipercomercial, género de tintes melodramáticos en el que las parejas se atraen y se reclaman, se rechazan, incriminan, vuelven y agreden –tal como ocurre en El último tango en París. El tango, ese género inventado en Argentina, que desde el siglo XVI entrevera el vaivén histórico de un país enfrentado consigo mismo.

II

En un inmenso territorio escasamente poblado por pueblos originarios, el proceso de conquista y la primera etapa de colonización en Argentina consistió en diezmar a la población nativa, es decir, un proceso en el que alcanzó a sobrevivir sólo una de cada diez personas. Tal y como sucedió en la mayoría de regiones en el continente, después de secuestrar a nativos de África, el país se va poblando mientras configura una sociedad de corte medieval, estructura jerárquica en cuya base se mueve el estigma histórico de la esclavitud. Justamente será en algunas pequeñas comunidades africanas, que a sí mismas se llaman “naciones”, donde surge el tango, concepto cuyo origen se encuentra en disputa.

Algunos especialistas plantean que esta expresión proviene de “tangere”, vocablo latino que significa tocar, mientras que otros aseguran que la palabra “tango” es africana; vocablo que simultáneamente connota un ritual y una zona de encuentro. Como muchas palabras en disputa cultural, sus fuentes tienen orígenes filológicos y míticos contradictorios; sin embargo, estudios avanzados revelan que esa palabra, en el fondo, forma un enlace lingüístico y cultural, un ensamble que nace en las barriadas habitadas por esclavos africanos. Al principio el tango africano generó asombro, luego fue condenada su contundencia corporal, evidencia que enlazaba lo femenino y lo sagrado. Finalmente, aquellos “tangos” o reuniones festivas de las “naciones africanas”, fueron aculturizadas y “domesticadas”, especialmente las danzas con mayor carga sensual vinculadas a los ritos de fertilidad.

III

Después de que fueron derrotadas las misiones jesuitas, cuando los escasos sobrevivientes indígenas vagaban por las inmensas planicies de Argentina, arribaron oleadas de colonos europeos. Fue en los suburbios de Buenos Aires donde se establecieron las primeras barracas, tugurios que después tomarían el nombre de conventillos o casas de vecindad, donde se recogían o vivían prostitutas. A estas y otros orillados se sumarían indígenas, exesclavos y el gaucho, figura mítica y emblemática que cabalgaba en las enormes llanuras del sur, personajes que desde las barriadas “le daban la espalda a Buenos Aires mirando con nostalgia la inmensidad”. Así le cantaba a los orilleros el gaucho más famoso: “Era la casa del baile/ un rancho de mala muerte,/ y se enllenó de tal suerte/ que andábamos á empujones:/ nunca faltan encontrones/ cuando un pobre se divierte.” (Marín Fierro, José Hernández.)

Aquellos enjambres de migrantes, compuestos por hombres que venían huyendo de la miseria de Europa, toda vez que se mezclaron con habitantes de los conventillos, fueron adoptando y modificando el tango, adicionándole cualidades versiculares, instrumentos, géneros y estilos de bailar. En ese contexto surgen los compadritos –para los mexicanos, padrotes o mantenidos. Aparecen también las “chinas”, mujeres cuyo componente genético se integra por los escasos habitantes de los pueblos originarios con exesclavos, ahora argentinos, provenientes de África. Como escaseaban las mujeres, aquellos espacios se convirtieron en prostíbulos y se organizaron redes para atraer mujeres de Italia, Polonia o España que, con el señuelo de conseguir empleo, fueron enganchadas para trabajar en estos antros o clubes nocturnos donde se bailaba el tango. Al amparo de diestros bailarines –proxenetas o compadritos–, y con la introducción de nuevas tradiciones que provienen de géneros como la polka o el vals, va cobrando forma el estilo moderno de bailar el tango.

IV

Este proceso, que arranca en el siglo XVI, ilustra buena parte de la historia cultural de un país. Algunos de esos períodos y vivencias fueron registrados por distintos géneros musicales, canciones, relatos y poemas. Por ejemplo, en “Fundación mítica de Buenos Aires”, dice Jorge Luis Borges: “Un almacén rosado como revés de naipe/ brilló y en la trastienda conversaron un truco/ el almacén rosado floreció en un compadre/ ya patrón de la esquina, ya resentido y duro…”

Este mismo compadre rencoroso aparece en “El sur”, relato fantástico de Borges que describe un fragmento de la confrontación política y emocional que experimenta el país. Lo que “simbólicamente” lleva a cabo Dahlmann –el protagonista de la historia y presumiblemente personaje autobiográfico de Borges– es reincorporarse a un pasado mítico nobiliario. Dentro de una atmósfera onírica acontece el inevitable duelo que el protagonista sostiene con uno de esos compadritos de trastienda. El cuchillero se dispone hacer un ajuste de cuentas histórico con el antepasado de Borges; el antecesor que presumiblemente liquidó a un compadrito en la estancia.

V

Tengo miedo del encuentro

con el pasado que vuelve

a enfrentarse con mi vida.

“Volver”, Carlos Gardel, 1934.

Estos conocidos versos en el fondo abordan el tema del tiempo, la misma trama que obsesiona a Borges. Se trata de un pasado que no termina por convertirse en conciencia. El personaje de este tango teme a su propio pasado, a diferencia de Juan Dahlmann, discreto funcionario de la biblioteca municipal de Buenos Aires, que parece decidido a arrebatarle un fragmento magistral a ese “olvido que todo destruye”. Así, alzando el orgullo criollo de sus antepasados, muere y se redime bajo el puñal filoso de un “orillero”. Habría que decir que tener destreza con el cuchillo forma parte de un oficio lícito, ya que además de aludir a delincuentes, sus orígenes se encuentran en la actividad de los gauchos, trabajadores de grandes empresas productoras de ganado. En otras palabras, forman parte del prestigio internacional de los bifes y asados argentinos.

Veamos ahora algunas preguntas que se plantea Borges en su texto “El tango”: “¿Dónde estarán?, pregunta la elegía de quienes ya no son, como si hubiera una región en que el Ayer pudiera ser el Hoy, el Aún y el Todavía. ¿Dónde estará (repito) el malevaje que fundó, en polvorientos callejones de tierra o en perdidas poblaciones, la secta del cuchillo y del coraje?”

Este clamor arrabalero y elegíaco de Borges, tanto como el tango “Volver” o el relato “El Sur”, son obras que examinan los temas de la identidad en un espacio compartido, tramas y geografía asediadas por la historia, por la forma en la que las distintas jerarquías, clases y grupos de la sociedad argentina se han impedido a sí mismas experimentar una identidad revuelta y confrontada, con menos bronca, como dicen los argentinos.

VI

En ese clima de miseria y violencia, a principios del siglo XX, surge la figura de Roberto Arlt, cuya narrativa da cuenta de la aciaga realidad que vive la mayoría de la población en Buenos Aires. En El juguete rabioso (1926), sus personajes tratan de instrumentar una utópica revuelta intentando llevar pan y justicia a los pobres. Medio siglo más tarde, estos protagonistas de Arlt perfectamente hubieran podido formar parte de la juventud peronista o del grupo “Montoneros”. Especialmente sus “Aguafuertes porteños”, publicados entre 1928 y 1933 en la prensa de Buenos Aires, a la manera de los cuadros de costumbres, ilustran la prostitución de migrantes europeas y de criollas, la contaminada, la turbulenta vida y el fatal “tango” cotidiano que sufren las muchedumbres de Buenos Aires:

Calle de las rusas, de las francesas, de las criollas que dejaron demasiado pronto el hogar para ir a correr la juerga tras de un malevito; calle de tango, de ensueño; calle que recuerdan los presos en el cuadro quinto; calle que al amanecer se azulea y oscurece porque la vida sólo es posible al resplandor artificial de los azules de metileno… (Calle única, Roberto Arlt.)

VII

En 1946, un año después de que emerja el peronismo, Julio Cortázar escribe “Casa tomada”. Como en “El sur” de Borges, los originales y nebulosos protagonistas de Cortázar heredan una casa embrujada. Los protagonistas son un par de hermanos que continúan recibiendo dinero producido en una lejana finca del interior. De nuevo se vislumbra esa clase social –o rancia cultura premoderna– cuyas actividades se orientan hacia la producción de granos y ganado. Los personajes del clásico cortazariano forman parte de esa oligarquía y, aunque no participan en las actividades de la añeja empresa, gozan de una buena renta que les permite vivir sin tener que trabajar. En el escándalo ensordecedor que atormenta a los hermanos se ha querido ver la irrupción de las masas miserables en la escena política de Argentina; otros sostienen que es una manera de enmascarar el griterío producido en la mente de dos hermanos incestuosos. Otros más piensan que se trata de la culpa casi metafísica, social e histórica, fluyendo a raudales en la “casa del incesto”. Es importante recordar la reflexión que hacía Julio Cortázar cuando comentó que buena parte de su producción literaria se la debía a los descubrimientos hechos por Borges, poeta narrador que fundó una economía literaria y un estilo con el que se deslindaba de la literatura europea. A estas características, Cortázar sumaría la narrativa y el periodismo militante de Roberto Arlt, insólito escritor que abordó con realismo la miseria en Argentina.

VIII

El túnel es otro clásico escrito por Ernesto Sábato. En la novela explora la mente de un sicópata. Se trata de otra casa de la mente, acaso sea la misma casa del inconsciente colectivo revelado por grandes escritores argentinos. El protagonista es un hombre reducido a la soledad. Como en la “casa cerrada” de Cortázar, el protagonista también escucha sus pensamientos, sólo que, a diferencia de los hermanos incestuosos, el personaje de El túnel comete un feminicidio, un episodio de acting out o de pasaje al hecho. Esta nouvelle, publicada en 1948, prefigura la violencia que se ejercerá contra las mujeres argentinas durante la dictadura militar que gobernó al país entre 1976 y 1983. La escritora canadiense Margaret Atwood se basó en esa aterradora situación para escribir El cuento de la criada, novela que, adaptada como serie de televisión, alcanzó una impresionante difusión mundial. La multipremiada serie expone, de manera casi literal, cómo cientos –tal vez miles– de mujeres fueron torturadas y obligadas a tener hijos que al nacer les arrebataron sus torturadores.

IX

En su clásico “Trátame suavemente”, Gustavo Cerati interpreta la necesidad de salir del violento déja vu en el que la derecha autoritaria obligó a la juventud argentina a “soñar mil veces las mismas cosas”. Sin embargo, de manera absurda, buena parte de los sufragios que llevaron al candidato postmoderno a la delantera se basó en el voto de una juventud que desde los dieciséis años ejerció este derecho. Se trata de un sector educado durante la fase más alta de la postmodernidad, un sector desbastado tanto por la cultura del olvido, “que todo destruye”, como por la fragmentación de los discursos. De alguna manera este proceso consistió en “hacer un tango”, en el sentido en el que en México empleamos esa frase para decir que se exageran furia y melodrama, en este caso protagonizado por un personaje bizarro, construido con retazos de Elvis, Carlos Gardel y algún líder punk neonazi y trasnochado. Ojalá esta puesta en escena, a medio camino entre la bufonada y la tragedia, sea el último tango –de esta naturaleza– que viva Argentina.

X

En un contexto de globalización cultural, el cuestionamiento de las nacionalidades es un problema político central. El tango, género cultural emblemático de Argentina, actualmente se vierte en una especie de vacío digital. Como los viejos tangos de principios del siglo XX, sólo que ahora recargados de narcisismo pandémico, esta distopía convertida en realidad expresa la melancólica ansiedad de jóvenes que intentan volver a ser lo que nunca fueron: ciudadanos de Roma, Londres o París. Tango contemporáneo escenificado por una clase política postmoderna saturada de una babosa emoción. Hace algunos años, el grupo Les Luthiers se encargó de exhibir, con humor e ironía, la vieja fórmula frívola, exagerada e inútil: “¿Por qué te fuiste mamá?/ poca ropa me lavabas/ ¿Por qué te fuiste, mamita?/ raras veces te pegaba/ ¿Por qué te fuiste, viejita?/ por qué ya no está mamá…”

Al parecer, de ese humor inteligente y ácido queda poco. El nuevo “Rey Criollo” del Tik Tok argentino se propone dar un salto al vacío, abrir un nuevo capítulo sórdido de la narrativa criolla, otro paso en falso del tango estéril y distópico. Como dice Gustavo Cerati: “De aquel amor de música ligera/ nada nos liga/ nada más queda”; excepto, eso sí, lo que digan los nuevos narradores y poetas argentinos y la memoria histórica de un pueblo.

La post-política argentina, como escenario y espejo del más oscuro narcisismo, impactó en electores desconstruidos por la posmodernidad, en votantes depresivos cuya falta de identidad es un efecto psicológico del “fin de su historia”, masa hedonista que gravita, vaga y desaparece, como el gaucho Martín Fierro. Proceso fantasmal de un “Aleph” que gira enloquecido, sin relatos, ni poesía, rock, milonga o tango verdadero. Suma cultural y política que se propone convertir a muchachos de playeras albicelestes en remedos de “Funes”, muchachos que observarán en sus celulares –si no se ponen listos– cómo se desvanecerá su patria en la casa tomada de su mente.

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