El Estado que surgió de la Revolución de 1910 sigue sin entender la desesperanza y soledad de los jóvenes

Sin futuro para las y los jóvenes, todo es Ayotzinapa
Hugo Aboites*
El Estado que surgió de la Revolución de 1910 nunca entendió –y sigue sin entender– la desesperanza y soledad de las y los jóvenes y sus búsquedas de sentido. Esa incapacidad, si los jóvenes se rebelan, lo hace pasar rápidamente de los lacrimosos discursos de comprensión y apoyo a los jóvenes, a las sumarias desapariciones y ejecuciones extralegales también de jóvenes, como ocurrió con los 43 y ahora con Yanqui Gómez Peralta. Un Estado que exitosamente pudo subordinar a grandes masas de campesinos, obreros y burócratas, no ha podido con las y los jóvenes, pero sigue siendo profundamente autoritario y no tolera otras visiones.

Esta combinación hace que las grandes ejecuciones masivas de la historia reciente mexicana sean de jóvenes y es lo que explica el 68, el 10 de junio, el reguero de jóvenes muertos y muertas hasta Ayotzinapa y ahora la muerte de Yanqui. Es lo que explica también, de fondo, que el nuevo milenio mexicano haya comenzado con el encarcelamiento de un millar de las y los jóvenes estudiantes de la UNAM que estaban en huelga. Eso y Ayotzinapa son sucesos de proporciones que no habían ocurrido en todo el siglo anterior. Por eso hay tensión y creciente distanciamiento entre gobiernos, autoridades institucionales y las y los jóvenes, aunque poco visible aún. Sin embargo, este último sacrificio hace unos días ahora, en pleno sexenio de transformación, deja ver lo poco que se ha hecho por identificar y cambiar los términos de esa relación mortal que se mantiene viva en los espacios más profundos y arraigados de la política del Estado.

La humillante y violenta represión que al mismo tiempo que en Guerrero sufren las estudiantes en Zacatecas por conmemorar el Día de la Mujer, muestra que ese sustrato de autoritarismo y violencia contra jóvenes surge en cualquier lugar, en cualquier momento, sin límites, y finalmente se culpa a ellas y ellos de vándalos. Una y otra vez, a lo largo del último siglo (1920-2020), las y los jóvenes han luchado por un lugar en la escuela, el trabajo, la cultura y la política, pero el diseño de la sociedad generado por el Estado no les favorece. En un régimen paternal-autoritario, ser niño, niña, incapacitado o adulto mayor trae más derechos y ventajas que ser joven. Es difícil entrar a una escuela (no se diga a las ahora de élite, UNAM, UAM, Poli y estatales) y sucede que de más de 31 millones de hombres y mujeres que tienen entre 15-29 años, sólo 11 millones están estudiando. Programas como Construyendo el Futuro únicamente benefician a poco más de 2 millones, y ahora, con la Ley General de Educación Superior, hay libre creación de requisitos de ingreso, cuotas y limitaciones a la matrícula; lo que ahora se crean son instituciones donde la idea de autonomía (es decir de participación de los y las jóvenes) ya no existe. Fox trajo un nuevo modelo educativo, la Universidad Tecnológica, con directores nombrados por la SEP, consejo directivo integrado por funcionarios y empresarios, colegiaturas, localización en zonas marginadas y con pobres condiciones laborales para las y los jóvenes maestros. Con la 4T también se desecha la idea de la universidad como institución autónoma dotada de un consejo universitario e independiente del gobierno.

La universidad autónoma (que finalmente ofrecía a los alumnos una participación mínima en el gobierno universitario y una formación más amplia en horizonte) ha dejado de ser el referente fundamental de la educación superior y ahora se propone a estas escuelas directamente dependientes de la SEP como las universidades tecnológicas y del Bienestar. Con esto, la 4T ha agravado la tendencia comenzada con el neoliberalismo, de limitar el papel de las autónomas, reduciéndoles sustancialmente el presupuesto anual (la política ya es de cero incremento real). No parece importar el hecho de que si en 1980 casi 70 por ciento de la población estudiantil del país asistía a una universidad autónoma pública, para 2000 ya era sólo 46.5 por ciento, y actualmente apenas 36.8 por ciento (ver Rodríguez, R. Campus Milenio 18/11/21).

Salvo un grupo muy selecto de personas, el resto ya no irá a las mejores universidades autónomas públicas sino a escuelas de gobierno de nivel superior, muy lejanas a la idea y práctica de una universidad. Si para las y los jóvenes mexicanos es difícil acceder y formarse, igual o más difícil es encontrar un trabajo digno, estable y bien pagado. Enormes cantidades de hombres y mujeres jóvenes muy calificados ahora vagan en la precariedad laboral. Y, de telón de fondo, la boyante industria del narcotráfico y su influencia cultural y política. Los y las jóvenes que se rebelan –como los de Ayotzinapa– traen un mensaje urgente: con asesinatos a los que protestan y con diseños de exclusión impulsados desde el Estado, México no sólo pierde en mucho la esperanza de sus jóvenes mujeres y hombres, también con eso, se pierde a sí mismo.

UAM-X

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