La Cuarta Herida Narcisista: La Ilusión de la Autosuficiencia y la Necesidad Vital del Otro

“Decía Freud que, a lo largo de la historia, la humanidad había sufrido tres grandes «heridas narcisistas», es decir, tres golpes de gracia en su orgullo colectivo como especie. La primera fue la revolución copernicana: no somos el centro del universo, sino los modestos inquilinos de un pequeño planeta que gira alrededor de una estrella” […] nos comparte Carlo Frabetti en el blog “Rebelión”.

Sigmund Freud describió dos heridas más, originalmente expuestas en «Una dificultad del psicoanálisis» en 1917, la herida biológica a través de la comprobación de la teoría darwiniana: El ser humano no es una criatura divina especial, sino descendiente del reino animal y fruto de la evolución y la tercera: la herida psicológica: el ser humano no es el amo de su propia casa, sino que está dominado por impulsos inconscientes que no controla ni conoce plenamente. Comprobando con esto que los individuos dolorosamente no somos dueños ni del universo, de nuestro cuerpo, ni siquiera de nuestra propia mente. 

Estas tres afrentas demolieron siglos de una autoimagen idealizada. El ser humano ya no podía concebirse como un ser superior, racional y central. Aunque este desencantamiento del mundo tuvo originalmente como propósito la búsqueda de verdad y certeza, su gran desventaja fue la generación y consecuencia de un dolor profundo: una sensación de falta de significado y una vulnerabilidad existencial ante un universo que nos era ajeno. Incluso podríamos pensar que la evitación de este pensamiento es, fue y es en sí misma, un mecanismo de defensa para preservar nuestra psique y constatar la importancia de nuestra existencia.

Algunas perspectivas de los últimos años han planteado que la Inteligencia Artificial o incluso la pandemia de COVID-19 podrían encarnar la cuarta herida, al evidenciar nuestra fragilidad ante la tecnología o la naturaleza. Contrario a eso, propongo una herida más fundamental y existencial, que subyace a estos fenómenos: el reconocimiento de que la autosuficiencia es una ilusión, y que nuestra supervivencia psíquica y física depende constitutivamente de los otros.

En la cultura contemporánea, principalmente en la occidental, existe un mito de una autonomía absoluta del individuo, donde se ha erigido como ideal al individuo independiente, autosuficiente, dueño de su destino. Dicho ideal permea desde la filosofía hasta la literatura de autoayuda, configurando lo que Christopher Lasch llamó «la cultura del narcisismo». La propuesta de esta cuarta herida consiste en reconocer que esta autonomía es un espejismo defensivo y, una defensa sólo surge en un ser vivo cuando hay una percepción de una realidad dolorosa y amenazante, sea material o psíquica.

En la última obra de Freud antes de su muerte en 1939, “Compendio de Psicoanálisis”, ve el vínculo temprano o lo que hoy llamaríamos “apego”, como la búsqueda de satisfacción libidinal y seguridad a través del objeto primario de cuidado, que estructura la psique a través del vínculo en un mundo con otros seres y es, a través de la identificación con las figuras de cuidado, que se logran internalizar las relaciones futuras y la seguridad en la existencia e identidad del individuo. 

Al final del capítulo I menciona: “Este esquema general de un aparato psíquico puede asimismo admitirse como válido para los animales superiores, psíquicamente similares al hombre. Debemos suponer que existe un superyó en todo ser que, como el hombre, haya tenido un período más bien prolongado de dependencia infantil. Cabe también aceptar inevitablemente la distinción entre un yo y un ello. La psicología animal no ha abordado todavía el interesante problema que aquí se plantea”.

Aquí es donde el psicoanálisis clásico logra una intersección poderosa con la teoría del apego de John Bowlby. Mientras Freud mostró cómo nuestras motivaciones más profundas nos son ajenas, Bowlby y Mary Ainsworth demostraron empíricamente que la necesidad de vínculo no es un derivado secundario de la simple satisfacción de pulsiones, sino un sistema motivacional primario e inherente a la especie humana y a muchas otras especies de mamíferos e incluso de pájaros. 

La revolucionaria contribución de Bowlby fue demostrar que el apego es instintivo, no aprendido, sino parte de nuestra constitución biológica, además de ser necesario para la supervivencia y vital para el desarrollo del individuo, la seguridad de un apego, percibido como seguro, sienta las bases de la mentalización y la regulación emocional (tan escasa últimamente en la sociedad contemporánea) teniendo como resultado la oportunidad de exploración y por lo tanto la creatividad, que nos ha hecho característicos como especie. El sistema de apego no es un peldaño infantil del que podamos prescindir al alcanzar la «madurez» sino que permanece presente y activo a lo largo de todo el ciclo vital.

La teoría de las relaciones objetales, y en particular la magistral aportación de Otto Kernberg, ofrece una visión crucial para entender esta cuarta herida. Para Kernberg, el narcisismo patológico surge precisamente como una defensa organizada y fuerte contra la dependencia y la vulnerabilidad que implica el reconocimiento del otro como un ser separado, vital y necesario. En esta estructura, el self grandioso se erige como una fortaleza que niega una necesidad esencial, porque depender implica reconocer carencias en uno mismo que sólo otro puede satisfacer. Así, el narcisismo patológico representaría una «solución» desesperada al dilema humano: necesitamos desesperadamente al otro, pero esta necesidad nos hace terriblemente vulnerables al no saber si el otro va a responder con benevolencia y capacidad a ellas. 

En nuestro consultorio, encontramos esta herida en múltiples formas: El popular concepto del “narcisista” construye una fachada de grandiosidad para ocultar su terror a la dependencia. El “obsesivo” intelectualiza la realidad para mantener la ilusión de control autónomo. El falso self winnicottiano, responde al ambiente en lugar de expresar necesidades auténticas, por miedo a perder el vínculo. Cada patología puede leerse, en parte, como una solución fallida a esta tensión entre la necesidad del otro y el deseo de autonomía.

Esta cuarta herida ilumina entonces fenómenos contemporáneos como la crisis de soledad en sociedades hiperconectadas a través del internet, pero emocionalmente aisladas; el individualismo extremo como defensa cultural contra la vulnerabilidad; la idealización de la autosuficiencia que patologiza necesidades legítimas de conexión. Vivimos en una paradoja: nunca hemos estado más «conectados» tecnológicamente, y nunca nos hemos sentido más solos existencialmente.

Reconocer esta herida no es promover una dependencia patológica, sino validar la interdependencia como condición humana. Como señala la filósofa Judith Butler, «nunca somos totalmente dueños de nosotros mismos porque estamos constituidos por relaciones que nos preceden y nos superan».

El camino analítico podría entenderse así como un proceso de «cicatrización» de esta herida a través del vínculo terapéutico. En este espacio, la dependencia relacional, lejos de ser vergonzosa, se convierte en el puente hacia una existencia e identidad más integrada y real. La herida deja de ser un estigma para convertirse en el fundamento de una ética del cuidado mutuo.

Por lo tanto, la verdadera herida narcisista no es entonces que las máquinas puedan pensar, sino que nosotros no podemos pensar, sentir o sobrevivir verdaderamente sin el otro. Esta constatación, lejos de representar una humillación, puede ser liberadora: nos exime de la exigencia imposible de la autosuficiencia.

En lugar de una herida que nos degrade, propongo entenderla como una herida epistemológica que nos corrige y nos erige, revelando que nuestra naturaleza ha sido siempre y será relacional. El tan popularizado y en ocasiones malentendido narcisismo patológico, sería la última y más feroz resistencia: el intento desesperado de mantener la ficción de la autonomía absoluta en un mundo donde, desde que nacemos hasta que morimos, existimos en y a través del vínculo con el otro. 

La herida, en su crudeza, no es más que la cicatriz de un vínculo que duele por la ausencia del otro.

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