En «Oppenheimer», es más importante el conflicto individual del personaje que las consecuencias últimas de su labor

Cinexcusas

Luis Tovar

La presente entrega también podría titularse “hoy como ayer”, y si de nueva cuenta se presta atención a un evento y un premio cinematográfico que aquí, año tras año, suelen tildarse de sobrevalorados, es porque de cuando en cuando –y como se vio el domingo pasado ha vuelto a ser el caso– se torna absolutamente necesario insistir en la naturaleza última, la real, de los supradichos premio y evento.

Por cierto, en tal necesidad no es menor el peso específico de ser, en medio de un concierto inmenso de balidos anuentes y felices, una voz que va a contracorriente –para que al menos haya eso: siquiera una. Dicho de manera más clara y personal, da grima y pesadumbre comprobar que una vez más, inclusive los colegas críticos más avisados y capaces, así como los reseñistas menos amaestrados a fuerza de costumbre y mansedumbre, volvieron a entregarse por completo al juego del pronóstico acerca de quién y qué ganó su Oscar, ejercicio que les proporcionó placer si le atinaban o frustración si no, sólo que obviando –y es de dudar si por desconocimiento– la mencionada naturaleza del muñequito y de su concesión, que al mismo tiempo es la ultima ratio por la cual es o no entregado.

Hoy como ayer

(y así será mañana)

Dicho en palabras que bien suscribiría cualquiera de los regurgitantes consuetudinarios, “la gran ganadora de la codiciada estatuilla de La Academia –así, con esas mayestáticas mayúsculas, absolutamente inmerecidas– en la nonagésima sexta entrega fue Oppenheimer, que de las trece nominaciones en distintas categorías con las que ya había sido distinguida –vayan las cursivas en son de sorna– se alzó con siete, es decir más de la mitad, pero entre ellas las principales: banda sonora, montaje, fotografía, actor principal, actor de reparto, director y película”.

Palabras más o menos, así rezan las reseñas publicadas de inmediato y, para completar el déjà vu mediático, añaden cosas como “Barbie, que no era su principal competidora pero sí la consentida de la mayoría, tuvo que conformarse con llevarse la estatuilla a la música original”, así como “Pobres criaturas, que unos aman y otros odiaron, se llevó el Oscar a mejor actriz para Emma Stone, además de otras estatuillas en categorías técnicas, quedando como la segundona”.

En ninguno de los casos será dicho lo que sí sería nota: que la producción de Atlas Entertainment Syncopy Inc., distribuida por Universal Pictures, escrita y dirigida por el nacido en Londres pero muy estadunidense Christopher Nolan, es un costoso nuevo/viejo intento por lavarle la cara a un Occidente genocida, todavía malconcienciado por el asesinato cruel, masivo, inhumanísimo e imborrable en el que consistió la conclusión de la segunda guerra mundial, hace setenta y nueve años.

Salen sobrando las consideraciones en torno a los valores cinematográficos que tenga la película o de los que carezca, pues palidecen las hechuras cuando los propósitos son así de bochornosos. Peor todavía con Oppenheimer: de acuerdo con su trama, es más importante el conflicto individual del personaje que las consecuencias últimas de su labor, escamoteadas una y otra vez en favor de la exposición de las cuitas de un protagonista lleno de aflicción que, según esto, pasó de dirigir el Proyecto Manhattan –en virtud del cual se diseñaron las bombas nucleares estalladas– a ser casi un activista antinuclear; algo así como haber arrojado una piedra, pero atómica, para luego esconder la mano con alegatos más bien retóricos que obviamente no conseguirían remediar el daño hecho ni, por cierto, prevenir el que puede sobrevenir en el futuro, que es como la cinta quiere presentar al final a su personaje: preocupadísimo por haber abierto esa caja de Pandora.

Hollywood lo hizo una vez más y ha de seguir haciéndolo, y cuando por fin agoten esa veta de los nazis malos y los gringos salvamundos habrán de recurrir, entre otros nuevos genocidios, al que hoy en día Israel comete contra los Palestinos en Gaza, para lavarle la cara a sus socios de siempre. Es nada más cuestión de tiempo.

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