Cualquier asunto quedó relegado frente a la desaparición de Cleo, nuevo héroe histórico del barrio.

Un gato en su laberinto
Vilma Fuentes
Un evento inesperado conmocionó la vida del barrio de la Maub, donde vivo entre la plaza Maubert-Mutualié y el Sena, frente a Notre-Dame. Sus habitantes olvidaron durante unos días acontecimientos que eran tema de charla entre vecinos, tales como la implosión del submarino turístico Titán en el Atlántico, la guerra de Ucrania, el sublevamiento del grupo paramilitar Wagner contra Putin, la inflación, las rivalidades políticas, el calor asfixiante e, incluso, las próximas vacaciones.
Cualquier asunto quedó relegado frente a la desaparición de Cleo, nuevo héroe histórico del barrio. Cabe señalar que se trata nada menos que de un bello gato siamés. Nadie podía ignorar este drama: la angustia de la propietaria, los peligros que amenazan a un felino indefenso sin costumbre de salir de casa, según afirma el desplegado donde la dueña informa del extravío de su animalito. En efecto, en las puertas de todos los edificios de la manzana donde vivo, así como en las aledañas, cuelga la hoja impresa con dos fotografías en color de Cleo: una de perfil que lo muestra caminando y otra de frente donde aparece sentado sobre sus patas traseras. El desplegado informa que el gato se escapó por los techos y necesita su tratamiento cotidiano. Se ofrece, además, una recompensa.

Aunque no creo que ninguno de los habitantes de esta zona busque más la recompensa que el gato, es posible que algunos trabajadores mal pagados en los comercios puedan ser movidos por el aliciente del dinero. Algunos cajeros de las tiendas de alimentación se descubren una vocación detectivesca y la inteligencia de sus investigaciones: con la atención puesta en los compradores de alimentos para gatos, se interrogan entre ellos si la persona en cuestión ya adquiría con anterioridad las latas de comida para mininos. De no ser así, la persona en cuestión es interrogada, como quien no quiere la cosa, sobre su mascota tratando de saber desde cuándo la tiene, cómo se llama, qué edad, qué raza, en fin, algún detalle que permita identificar al secuestrador de felinos.

En efecto, parte de los vecinos han concluido que se trata de un innoble rapto a causa de la duración del extravío y a pesar de la búsqueda minuciosa de los vecinos para recuperar a Cleo. Escaleras, pasillos, techos, patios, todas las partes comunes de los inmuebles han sido hurgados y ni huella del gatito. Como no todos los habitantes del barrio están dispuestos a abrir sus puertas para dejar a la dueña y a sus colaboradores, es decir, casi todo mundo, continuar las averiguaciones, incluso bajo las camas, en los cajones de un armario o en los baños, no queda sino escuchar tras las puertas la señal de un ronroneo, una brizna de maullido ahogado, una indicación cualquiera.

Si algunas personas se han descubierto la vocación de detectives, otras se revelan aguerridos espías. Así, entre detectives, espías y secuestradores, los propietarios de gatos, temerosos de verlos raptados por siniestros personajes sin escrúpulos, encierran en casa a sus adorables y adorados mininos. El coro de maullidos nocturnos no se ha hecho esperar: los paseos de noche son el deleite de estos atávicos noctámbulos y exploradores vagabundos.

Sin duda, las búsquedas no alcanzan el costo de las emprendidas para recuperar al Titán, el pequeño submarino perdido en el fondo del océano, pero la comparación es legítima cuando se observa un drama cuya dimensión no puede comprenderse sin pensar que el amor por un gato puede rebasar a veces cualquier medida. La soledad en la cual viven o sobreviven algunas personas da una idea de la tragedia que representa para ciertos solitarios la espantosa desaparición de su compañero único.

Cuando contemplo los gatitos de mi edificio jugando en el jardín, puedo descubrir que, para cada dueño, el felino representa un ser amado y llena el vacío dejado por un esposo fallecido, un hijo deseado, un amante perdido. Su presencia no remplaza, pero sirve de bálsamo a la ausencia.

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